El espacio huele a cartón

El espacio huele a cartón

#Cuento

08/04/2026

Por: José Vargas

Cincuenta años después de las misiones Apolo, el ser humano regresa a la Luna bajo el programa Artemis. El pasado 1 de abril, cuatro astronautas –una mujer y tres hombres– despegaron desde Cabo Cañaveral con el objetivo de realizar un vuelo orbital alrededor de nuestro satélite natural, como paso previo a futuras misiones de alunizaje. Este cuento evoca el sueño de un niño que quiso ser astronauta. Una historia que, casi treinta años después, es retomada por ese mismo protagonista ya adulto, con los sueños intactos, ahora desde la escritura, mientras sigue preguntándose por el cielo infinito que observa cada noche.


3… 2… 1… Ignición. Al terminar el conteo, José oprimió el botón de color rojo y los motores del poderoso cohete se encendieron, dejando una estela de fuego y humo en la plataforma de lanzamiento. El control de tierra daba indicaciones en todo momento controlando la trayectoria, la rotación y la velocidad. El astronauta con astucia regulaba y verificaba que las órdenes recibidas fueran las indicadas para la nave espacial.

La cabina era sacudida por la tremenda aceleración, las nubes explotaban al ser penetradas por el cohete. El azul infinito se degradaba en un vacío oscuro. El negro pronto dominó el firmamento. El ritmo cardíaco pasó de las 70 a las 150 pulsaciones por minuto. Los ojos de José trataban de enfocar, desafiando la aceleración y la gravedad. Como podía, el valeroso astronauta observaba que estaba por dejar la atmósfera terrestre. La nave era un vehículo de tres fases, los dos primeros eran unos cilindros enormes de combustible líquido, finalmente, en la parte superior, estaba la cápsula donde José preparaba la separación del último segmento.

En el momento justo, sobre los cien kilómetros de altura, el astronauta tiró de la palanca que accionaba el sistema de separación. La diminuta nave salió eyectada al vacío infinito del espacio. El aparatoso ruido de los cohetes quemando toneladas de combustible por segundo se detuvo. La vibración se convirtió en apacibilidad. El oxígeno impulsado por mangueras al interior de su casco se volvió imperceptible. El hombre del cosmos había logrado su sueño de infancia, el anhelo de toda una vida. El sacrificio de años le regaló un momento de tranquilidad inusitada. José era un astronauta de verdad.

Por el intercomunicador se escuchaban los aplausos y los gritos de júbilo del centro de control. El jefe de misión se comunicó felicitando al joven comandante de la cápsula Intrepid, las palabras de elogio pronto se convirtieron en indicaciones, en los pasos siguientes para completar la misión. José se aprestó a retirarse el pesado y costoso traje espacial, los aparejos y finalmente el casco.

En ese momento un grito ordenaba a José ir a comprar unos tomates y cebollas para el almuerzo.

José, quítese ese balde de la cabeza y vaya a la tienda de don Quinto- Gritó la señora Laura, mientras le daba unas monedas al niño para pagar el mandado. En una explosión de velocidad, la carrera del pequeño alcanzó rápidamente la puerta de la casa, luego la calle principal y finalmente el mostrador del tendero. Mientras corría, pedía las cebollas y los tomates, José pensaba en la siguiente fase de su misión al espacio. Recordaba en su mente que al volver tenía que hacer una peligrosa caminata espacial.

En pocos segundos, don Quinto, apócope de Quintiliano Bonilla, le entregó una libra de tomate y otra de cebolla cabezona.

¿Qué haces con esos guantes de aseo puestos?- Preguntó el tendero a José con cara de asombro.

-No se da cuenta, son mis guantes de astronauta intergaláctico don Quinto- Le respondió el niño como si fuera demasiado lógica la situación.

Tomó la bolsa con el mandado, arrojó sobre el mostrador unas monedas y sus piernas reemprendieron la endemoniada carrera hasta su casa. Al llegar a la puerta de color café, golpeó con fuerza el metal y gritaba a su madre para que abriera pronto. Estiró su brazo derecho y entregó el mandado, volviendo a la carrera hasta el patio de la casa. Se puso una bolsa plástica del supermercado en cada uno de sus pies. Un overol de jean. Se ajustó los guantes con los que su mamá lavaba el trapero. Finalmente, sobre la cabeza se puso un balde verde que olía a detergente y de su boca salieron silbidos y ruidos robóticos.

-Centro de mando, el Intrepid está listo para fase dos, cambio- Dijo el astronauta con firmeza.

-Caminata espacial autorizada, proceda con precaución, cambio- Respondió el centro de mando a cientos de kilómetros de la Tierra.

La palanca que regulaba la presión dentro de la cápsula fue ajustada. El astronauta empujó con delicadeza la compuerta y el aire atrapado entre los sellos se liberó de manera controlada. Afuera estaba el espacio, ese vacío enigmático e interminable. José se impulsó con las dos piernas y su cuerpo abandonó la seguridad de la nave. La travesía había empezado con algunos minutos de retraso.

De repente un ‘Toc Toc’ se escuchó en el casco, era un ruido exterior que llamó poderosamente la atención. José se quitó el balde de la cabeza, afuera estaba su madre con cara de enfado.

-Apúrese con eso, necesito la caja para echar una basura, no demora en pasar el carro recolector- Dijo la mujer afanando a su hijo.

José se echó a llorar y a protestar, le decía que era injusto, que esa era su nave espacial. Gritaba a su madre para que se consiguiera su propia caja para la basura.

-Sálgase, voy por la basura y si todavía está ahí se la echo encima- Respondió Laura con voz de regaño.

En ese momento el niño vio como su madre se alejaba con rumbo al patio de ropas, en donde se almacenaban las basuras. José entendía que tenía pocos minutos para hacer algo y salvar su nave. Se ajustó el balde en la cabeza, se metió en la caja de cartón y oprimió un botón dibujado con crayolas. Ignición, decía en rojo intenso. Sin dudarlo, José lanzó su dedo índice hacia el aviso y, con asombro, el pequeño sintió que algo ronroneaba en sus posaderas.

Una llamarada salió del cartón, la vibración sacudía la caja que decía “TV 32 pulgadas”. En menos de dos segundos José y su nave espacial de cartón salieron disparados a lo profundo del cielo. Abajo, Laura miraba con perplejidad cómo el cohete se alejaba y se alejaba. En ese instante, cuando el azul intenso se convertía en negro, el astronauta se comunicó con el centro de control y dijo:

-Control, tal parece que el espacio huele a cartón-

José Vargas

José Vargas

Estudió periodismo para preguntar porque nunca entiende nada y no sabe nada, por admiración a Jaime Garzón y por creer que alguien tiene que contar la historia. Por convicción es cuentista y novelista, más y mejor lo primero que lo segundo. Escribió su primera novela inspirado en el Llano colombiano e influenciado fuertemente por el tiempo, el territorio y el realismo. El susurro de las tripas fue publicado en tiempos de pandemia con Nueve Editores, editorial con la que repitió su segunda novela, El peso de la guitarra. Desde inicios del año 2023 vive en Argentina, en donde escribió su nueva novela Las tareas de Simón, un acercamiento al estilo surreal e informal que ha buscado por años.

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