Somos un número de celular

#Relato
22/05/2026
Por: José Vargas
Abrí mi celular y busqué en WhatsApp mi antiguo número de Colombia, el cual tengo guardado en el teléfono actual de Argentina, lo tenía agendado con mi nombre y el de mi país, como diciéndome: este soy yo, no me olvides. Ya no tengo acceso a él, lo más seguro es que ante la falta de actividad mi antiguo operador móvil lo liberó y lo puso disponible para un nuevo cliente. Había pasado dos años desde que perdí el número y olvidé ese asunto, sin embargo, hoy lo busqué en mis contactos de mensajería instantánea y lo primero que hice fue mirar la foto y me sorprendí muchísimo. Hay dos niños muy alegres levantando sus pulgares al aire, a juzgar por el color del cielo, las nubes y la vegetación, así como su ropa, es una zona cálida.
¿Quiénes son esos niños? Nunca voy a saberlo, lo más seguro es que sean los hijos o familiares del nuevo dueño de ese antiguo número de Colombia. Es increíble pensar que esos pequeños no saben que hay un colombiano que a más de nueve mil kilómetros de distancia los observa con detenimiento mientras sonríe pensando en los vericuetos de la vida. Uno de los niños, el más grande, observa en dirección a la cámara y pienso que quizás me está mirando como si dijera: “¿Y vos qué?, ¿vos qué me mirás?”
Siempre he sostenido que la gente te observa desde las fotografías, que cuando sacas una imagen esas personas allá adentro se quedan mirando para siempre y cuando uno posa sus ojos en esos retratos hay una especie de cruce místico y, ante todo, es algo sincero e inmortal. Yo hice lo mismo, los observé con detenimiento, les sonreí e incluso les dije “hola” y ellos me respondieron con esas sonrisas amplias e inocentes de la infancia.
He decidido que los dos niños son hermanos y que ese número de celular le pertenece a su madre, no me pregunten por qué, solo es así porque mi mente me lo dice. Al niño más grande le puse Jeremías y al más pequeño Mateo. Su madre, a esa mujer de cabello negro profuso, de piel encendida en aires tropicales y de no más de treinta años le puse Macarena y nunca la he visto, porque ni siquiera sale en la foto.
Seguramente quien lea esto pensará que enloquecí, no me importa, ellos comparten algo que en su momento fue íntimo, que en los tiempos modernos se atesora, ellos tienen el dominio de lo que un día fue mi número de celular. Eso nos hace cercanos, así no lo seamos. Macarena con seguridad mientras escribo estas líneas sintió algo extraño en su cuerpo, como cuando uno está en la calle y se siente observado, desde luego no quiero que se sienta incómoda, por lo que en la distancia le he dicho que no se preocupe, que no me tienen que temer y que soy feliz viéndolos en esas caras pletóricas mientras una madre le decía a sus pequeños que sonrieran para una fotografía.
Ese número de celular me había acompañado por más de quince años, desde que llegué de Panamá para volver a intentarlo en Colombia fue mi aliado para buscar trabajo. Envié saludos desde ese WhatsApp, acepté citas, invité a chicas a salir, hablé con mi mejor amigo sobre el dolor que sentía y también de mis alegrías. Recibí llamadas en las que me preguntaban cómo estaba, en otras me mandaron a la mierda, hubo unas en las que me dieron malas noticias, como la muerte de Carlos. Un día agendé el número de una mujer que luego sería mi esposa, la misma que me despidió con un mensaje en el celular mientras nos divorciábamos. Desde allí un día le dije a mi amigo David que me ayudara a editar una novela y pactamos encuentros en un café de Villavicencio. Envié miles o quizás cientos de miles de mensajes desde ese número, vi fotos, videos, recorrí redes sociales y fue una especie de cómplice silencioso.
Es un número de celular, diez números, una secuencia de bits en el mundo de la electrónica, mi voz fluyó por cables submarinos y voló por antenas emplazadas en montañas. Yo viajé por el planeta gracias a él, hablé con gente de varios países y me hablaron sin detenernos a pensar en lo que hay tras esas comunicaciones. Perder un número de celular no es mayor cosa, es tan solo eso, un número y aquí en Argentina tengo dos de ellos, pero me es imposible no detenerme a pensar en las vicisitudes de la vida que ocurren gracias a esa tecnología y no nos damos cuenta de que en medio de la virtualidad existimos, es algo raro que existe, una cosa que nos dice que somos nosotros.
Cuando guardo un contacto, no digito unas simples teclas, estoy agendando, en medio del mundo de la virtualidad, a un ser humano que queda rezagado en secuencias que van del cero al nueve. Nace un binomio o quizás un trinomio entre número, dispositivo y ser humano y todo se vuelve uno solo, se construye una especie de identidad, parte de la despersonalización feroz del mundo digital que avanza por la voluntad del mercado. Mi número dejó de ser mío porque desaparecí, como si hubiera muerto y apareciera otra persona que ahora lleva una parte de mí.
Somos instantes, somos algo pasajero en el mundo, algo que se puede disolver fácilmente con el tiempo, algo que queda en los recuerdos de unos pocos y también somos un número de celular, somos un contacto que se guarda en un teléfono, que está ahí quieto esperando que alguien decida presionar unas teclas para hablar con ese otro o llamarlo. También nos eliminan para siempre, hubo una persona que un día decidió borrar mi contacto, que ahora no es otra cosa más que sacar a alguien de su vida. Ahora somos solo eso.
No seguiré hilando tan delgado, porque el asunto aquí son mis nuevos amigos y amiga, Jeremías, Mateo y Macarena, sus sonrisas y ese aire Caribe o quizás Pacífico tan tranquilizador que me dice hoy, un sábado de ansiedad a mil, que allá, a la distancia, está mi patria eterna que sigue adelante mientras hay cinco millones de colombianas y colombianos diseminados por el mundo. Mi número de celular le pertenece a otro, ya no soy más ese yo, quizás si alguien de Colombia me quiere escribir ya no puede hacerlo y se quede en WhatsApp mirando la foto de esos niños y se pregunte quiénes son y qué ha pasado conmigo o simplemente no se desgaste como yo y borre ese contacto para siempre y dejo de existir.

