Bienvenidos al país de los cafres

Bienvenidos al país de los cafres

#Opinión

16/06/2026

Por: José Vargas

Abelardo de la Espriella dice representar a los «nunca», a una clase social que no logré comprender porque no sé si exista, no sé de dónde salieron, porque intenté buscarlos bajo las estéticas del mismo Abelardo y todo se enreda, todo se hace complicado. Quizás no los veo o logro identificarlos porque en el fondo son personas que no he visto y no conoceré en mi vida. Los «nunca» no existen porque si Abelardo es uno de ellos –rico, poderoso, con conexiones políticas de alto nivel, que representa los intereses de las grandes castas económicas del país y de la región, y si el mismo Trump y Milei lo respaldan–, entonces los «nunca» no son sus votantes; los «nunca» es la vieja clase dirigente que ha estado dolida en los últimos cuatro años.

Aquellos votantes que se sienten representados bajo el rótulo «los nunca» no lo son, y no quiero caer en superficialidades ni mucho menos minimizar la situación. Lo que realmente pretendo decir es que el ejercicio electoral en algunas personas es como un concurso de aspiraciones o como un partido de fútbol que se debe ganar a como dé lugar. Esas acciones han logrado consolidar proyectos que benefician a sectores minoritarios que controlan a esas mayorías, como el proyecto político que triunfó en Colombia hace unos años y quitó el pago de las horas extras y amplió la edad de jubilación con el pretexto de que iba a generarse más empleo. Tuvieron que pasar casi veinte años para que alguien en la presidencia recuperara para la clase obrera muchos de esos derechos.

El próximo 21 de junio muchos de esos beneficiados ejercerán su derecho al voto, el cual les pertenece y en teoría nadie puede restringírselo, pero con seguridad algunos elegirán un programa que de nuevo puede poner a las élites a buscar más y más, y para ello hay que quitarle más y más a esa base que votó motivada por aspiraciones y miedo. No defiendo modelos políticos totalitarios de ninguna corriente, como tampoco pretendo que a sectores de la población se les prohíba no sentirse representados políticamente. Por eso me preocupa que alguien que da claras señales de autoritarismo y que desea «destripar» a la oposición gane unas elecciones.

El país político sabe muy bien que un porcentaje importante del país electoral tiene miedo, o que considera el ejercicio del voto un acto folclórico sin consecuencias importantes. Estoy hablando de las personas que sí pueden informarse, que sí pueden acceder a análisis rigurosos y que tienen tiempo suficiente para construir una opinión basada en realidades y no en desinformación. Creo que ese porcentaje de colombianos y colombianas es importante y decisivo para los resultados electorales. Por esto he tratado de ser cuidadoso en no caer en señalamientos ni generalizaciones, porque hay personas que no tienen esas posibilidades y cuyo ejercicio está circunscrito a la educación, a la vivienda, a la salud, a la alimentación y demás derechos fundamentales que el Estado no ha sabido suplir.

Hay personas que son de izquierdas porque un día decidieron serlo, y otras son de derechas porque también así lo escogieron, y eso no está mal. Lo que sí lo está es no confrontar al poder, a quienes votan por nosotros, a quienes hemos respaldado por años. El voto nos da ese derecho: el de pedir cuentas a nuestros elegidos y no mirar para otro lado cuando se deben juzgar sus acciones. También nos da el derecho de pensar que aquel que representa la ideología política que me agrada no es necesariamente la mejor opción, que sin importar mi filiación el voto no es un ejercicio de fidelidad ideológica ciega.

El voto tampoco es una acción simplista de elegir a uno entre dos porque alguien debe ganar, o porque uno es peor opción que el otro; porque si pensamos de esa manera, esto quiere decir que ambos son malas opciones y no deberíamos darles un voto. Por eso insisto en que los «nunca» son los financiadores de una campaña de extrema derecha, y no sus votantes –sobre todo aquellos que tienen la posibilidad de informarse y no lo han hecho porque sienten odio por la otra opción, o porque, sabiendo las andanzas de su candidato, no les importa que este gane cueste lo que cueste.

En algún momento de nuestra historia se nos olvidó –o quisieron que se nos olvidara– el funcionamiento de la democracia, quedando todo reducido a votar y solo votar. Las elecciones se volvieron una fiesta en el peor sentido de la palabra; es tan nefasto que hasta los medios de comunicación titulan «la fiesta de la democracia». No, no es una fiesta, ni un desfile de papayeras, ni un parrando en una playa. Es un ejercicio que exige lo mejor de nosotros como ciudadanos y ciudadanas, y que no debe quedar minimizado a ganar a como dé lugar, porque los únicos que históricamente han ganado han sido las mismas cuatro o cinco familias de siempre, que han gobernado al país como si fuese un feudo.

En menos de una semana se resuelve todo. Los miles de millones de pesos que provienen de familias dueñas de medio país –por no decir de todo– resolverán esto para un lado o para el otro. Esto ha servido, en buena medida, para limpiar un nombre: el de aquel que defendió a Alex Saab –el testaferro de Maduro que tanto critican–, a los primos Nule, responsables de uno de los más grandes descalabros a las finanzas públicas de Bogotá; y defensor de parapolíticos como Dieb Maloof, Rocío Arias, Eleonora Pineda y Jorge Caballero.

Ese confeso verdugo de animales, despotricador de la colombianidad, que calificó a Colombia como un país de cafres, puede ser presidente. Abelardo de la Espriella, admirador férreo de Trump y de Milei, que se declaró ateo y que de la nada hizo la conversión para sumar los votos cristianos, y que no tiene vergüenza tras sus actos machistas en vivo y en directo, ha logrado que millones lo respalden. Muchos de ellos le votarán sin razón alguna; un «porque sí» será su respuesta. Queda menos de una semana. Si un maltratador de animales, lavador de reputaciones y converso de conveniencia termina en la Casa de Nariño, que nadie diga que no lo vio venir.

*Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición del medio.

José Vargas

José Vargas

Estudió periodismo para preguntar porque nunca entiende nada y no sabe nada, por admiración a Jaime Garzón y por creer que alguien tiene que contar la historia. Por convicción es cuentista y novelista, más y mejor lo primero que lo segundo. Escribió su primera novela inspirado en el Llano colombiano e influenciado fuertemente por el tiempo, el territorio y el realismo. El susurro de las tripas fue publicado en tiempos de pandemia con Nueve Editores, editorial con la que repitió su segunda novela, El peso de la guitarra. Desde inicios del año 2023 vive en Argentina, en donde escribió su nueva novela Las tareas de Simón, un acercamiento al estilo surreal e informal que ha buscado por años.

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