Cuando el ‘show’ finalice II

#Opinión
09/07/2026
Por: José Vargas
El Mundial de Fútbol se acaba en menos de dos semanas y reafirmo mi postura de odiar a la FIFA. Lo digo sin titubear, sin pensarlo mucho porque ya lo he hecho miles de veces, porque entiendo el fútbol como una de las más grandes expresiones populares en la historia de la humanidad y, desde luego, veo a esa entidad como un enemigo que debe sacar las manos sucias del deporte que más pasiones suscita en el planeta. Amar el fútbol es directamente proporcional a odiar a la FIFA.
El 30 de octubre de 2007, Joseph Blatter, presidente entonces de la FIFA, anunció desde Zúrich que Brasil sería el anfitrión del mundial de fútbol de 2014. La Copa Mundial volvía al país más veces campeón del mundo tras 64 años de haberlo celebrado en 1950. El país sudamericano estalló en celebraciones propias del carnaval, en Río de Janeiro las playas se abarrotaron de fanáticos que lanzaron fuegos artificiales y bailaron hasta altas horas de la noche. En Sao Pablo, el tráfico en una de las ciudades más grandes de América se vio interrumpido por las innumerables caravanas de celebración y desde todos los sectores sociales y políticos se escuchaba que el evento iba a traer inversiones, desarrollo y ganancias.
Brasil tenía una enorme ventaja para celebrar este torneo, sus estadios ya estaban construidos, todo era cuestión de remodelarlos y mejorar aspectos del transporte y logística; sin embargo, el presupuesto final fue de más de 15 mil millones de dólares, el más alto de la historia de los mundiales hasta entonces. Con el pasar de los días y de los trabajos, un sentimiento nacional de descontento empezó a manifestarse: pancartas que decían “queremos hospitales con la calidad FIFA” se multiplicaron en las calles. Hoy se sabe que el mundial trajo tan solo un crecimiento del 0,2% en su PIB.
Según el DIW (Instituto Alemán de Investigación Económica) el impacto económico para el Estado y la sociedad brasileña producto del mundial fue nulo. Ahora bien, los impactos por el turismo son muy difíciles de medir, en todo caso no superó el 10% del total invertido por el Estado y esas utilidades en su mayoría son absorbidas por el sector privado. Brasil no solo perdió 7 a 1 frente a Alemania, el mundial dejó un agujero enorme en sus finanzas públicas. El otro asunto para Brasil es que la mayoría de los estadios son elefantes blancos hoy en día, el ‘Mane’ Garrincha en Brasilia está prácticamente subutilizado, no hay competencias deportivas regulares y su alto costo se ha vuelto un problema enorme para el gobierno.
Luego vino Qatar 2022 y sus récords, que a la fecha resultan imbatibles, la inversión gubernamental fue de extraordinarios 220 mil millones de dólares, un poco menos de la mitad del PIB de Colombia o del presupuesto militar de China. ¿Por qué? Qatar es casi una dictadura, una monarquía dueña de casi todo en ese diminuto y petrolero país, con bajos o nulos controles fiscales, con políticas de Derechos Humanos altamente cuestionables y que ha jugado en todas las bandas del espectro político mundial, incluso se ha señalado a la familia real por sus vínculos con grupos terroristas de Medio Oriente. Las utilidades de Qatar tras la competición no sobrepasaron el 5% del total gastado.
Esto sucede por una simple razón, los países ponen el dinero, pero las ganancias se las lleva la FIFA. Por ejemplo, en el Mundial de 2014, la Federación logró captar 2.400 millones de dólares por derechos de transmisión, 1.600 millones de dólares por publicidad y marketing y 527 millones de dólares por las entradas. La FIFA se queda con el valor de las entradas, a los países organizadores no les corresponde nada. De hecho, una vez se asigna el torneo, la entidad se asegura de que el país organizador, mediante ley o decreto, exima de impuestos todo el dinero que le corresponde a la organización. Un negocio redondo.
La FIFA le entregó al gobierno de Brasil unos irrisorios 100 millones de dólares tras la finalización del certamen y para Qatar no hay una cifra clara debido al secretismo casi impune del gobierno qatarí. Para el actual mundial de fútbol se especula que las utilidades para la entidad futbolera serán astronómicas, unos 11 mil millones de dólares, eso es un poco más del 20% del PIB de Bolivia. Este mundial de fútbol tiene los boletos más caros de la historia, un partido de fase de grupos rondó los 500 USD ($ 1.700.000.00) y para semifinales los 3.000 USD ($ 10.200.000.00) y por primera vez en la historia controla el negocio de la reventa quedándose hasta con un 30%.
El mundial de fútbol de Estados Unidos 1994 generó unos 700 millones de dólares a la FIFA en utilidades por todos los conceptos, esto quiere decir que el negocio en 30 años se multiplicó de manera exagerada, así como las inversiones de los países que organizan el torneo. Esas cifras explican el cambio de formato del torneo para que 48 selecciones nacionales participen. La lógica es simple: más partidos equivale a más entradas, más transmisiones deportivas y más patrocinios. Entre Qatar 2022 y el torneo de 2026 la FIFA sumó 5 mil millones de dólares a sus utilidades.
La FIFA va por el negocio, no le importa el fútbol y sus atletas, de hecho, la sobrecarga con la que llegan los futbolistas en sus clubes se debe alargar para un mundial que para los 4 mejores del torneo equivale a sumar un partido más, llegando hasta los ocho compromisos, muchos de ellos con alargue. Cuando el último partido sea jugado y se corone un nuevo campeón que recibirá toda la atención mediática, de manera solitaria y silenciosa la FIFA saldrá de las cámaras con sus bolsillos llenos rumbo a Suiza en donde no debe declarar nada y empezará a organizar un nuevo ‘show’ de miles de millones de dólares en donde otros ponen y ella se lleva todo.
*Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición del medio.

