La patria facinerosa

#Relato
01/09/2026
Por: José Vargas
El Boeing 737 presidencial giraba para nivelarse con la pista del Aeropuerto Internacional Ernesto Cortissoz de Soledad, Atlántico, el cual sirve a la ciudad de Barranquilla. En el interior, el presidente de la República, Abelardo de la Espriella, observa los techos de teja de zinc de las casas en los barrios de Malambo, su ceño se frunce, como expresando fastidio. En su mano derecha lleva un vaso de whiskey de 18 años servido por una aeromoza de la Fuerza Aérea, quien caminó hasta el mandatario con una sonrisa postiza, sabía que un día atrás una compañera negra había sido retirada del servicio del avión presidencial sin motivo aparente.
Cuarenta grados de temperatura reciben al mandatario al bajarse de la aeronave, una comitiva de militares, dirigentes políticos locales y una comparsa de niñas y niños que bailan una danza folclórica le dan la bienvenida. El sudor desciende por la espalda de un Abelardo que siente el peso de sus decisiones, de un mando otorgado por el voto de millones de personas, algunas de ellas estaban allá abajo mientras el hombre las veía con desprecio por la ventanilla del avión. Saluda, se ríe sonoramente, les toca la cabeza a los niños y se sube rápidamente en una camioneta blindada con vidrios profundamente oscuros. Suspira, siente asco.
La caravana emprende camino rumbo a su nueva casa ubicada en el Batallón Paraíso, en el norte de Barranquilla. El presidente, que nació en Bogotá, habla con un marcado acento costeño, sostiene entre sus dedos una manilla con pedazos de madera enlazados por una fibra elástica con un crucifijo en el medio. Se queda mirando al nazareno, no entiende por qué lo lleva, no entiende las razones de una conversión forzada. Mira por la ventana, afuera está la soporífera Barranquilla y a su derecha gente caminando descalza, otros con sandalias empolvadas luciendo camisetas de alguna campaña política y en una esquina una mujer con rostro de desesperación vendiendo frutas.
Desciende del vehículo y empieza un frenesí de imposturas, de falsos coqueteos, abrazos forzados, besos de Judas y con un reducido grupo de personas él se siente tranquilo, entre iguales. Frente al presidente hay amigos, empresarios que nunca ha visto en la vida, políticos que van por una porción de un gran pastel y gente que no le sabe ni el nombre. Una guardia de honor de soldados mestizos luce uniformes de muchos colores con brillantinas. El diseño fue de una amiga de toda la vida que ahora se encarga de vestir a guardias y servidumbre a cambio de un contrato millonario. La casa es tal como la había imaginado, los recuerdos de muchos de sus viajes por Estados Unidos están frente a sus ojos, se siente poderoso, está ingresando a una coronación caribeña, pero a él le parece Mediterránea.
En la casa se siente el olor a pintura fresca, ese olor del polvillo del “drywall” recientemente cortado por manos negras curtidas por el trabajo manual. El piso es de un mármol que parece pulido hace unos minutos, se siente algo de humedad con olor a lavanda que flota ligeramente a baja altura. El alcalde de Barranquilla lo toma por el brazo, le dice cosas casi a los gritos mientras caminan por los pasillos, le cuenta que la casa es un regalo de amigos que lo quieren mucho a cambio de algo de su generosidad. Luego entra en escena el gobernador que es más cauto, le da un abrazo y luego con sus ojos le dice todo lo que el insulso Abelardo debe saber.
Una mujer negra vestida de servidumbre le entrega un ramo de flores y le dice que es un regalo por su cumpleaños días atrás. Abelardo sigue sonriendo, no para de hacerlo, pero en su mente trata de recordar su edad, de traer al presente el recorrido del tiempo hasta ese día, no recuerda ni cuándo nació. Un embajador lo abraza, lo felicita y le dice en baja voz que nunca olvide quienes lo llevaron al poder. Otro embajador le dice que tiene todo el respaldo de su gobierno, tanto que han decidido pagar todas las flores exóticas que adornan la casa. Abelardo está fijo con esa sonrisa casi congelada.
La madre del presidente le da un beso tierno en las mejillas, pone su mano derecha en uno de los cachetes de su envalentonado hijo y le entrega un cuadro con dos pájaros caribeños posados en un limonero que ella misma ha pintado. Pablo Emilio Salas, arzobispo de Barranquilla, lo abraza, le desea muchos éxitos y que no se olvide del pueblo, Abelardo lo aparta rápidamente, aunque con elegancia para dar paso a su esposa, Ana Lucía, que ya estaba en la casa un día atrás bajaba apresurada por las escaleras. Ella le da un beso en los labios tan lento que el aire se congela en el gran salón, todos quedan con las miradas inmóviles mientras la mujer le susurra que él ahora cree en Dios, que no olvide eso.
Una ópera cantada en italiano suena por toda la casa, los cocteles pasan, los bocadillos servidos en bandejas plateadas desfilan por el salón, Abelardo cree que será una nueva velada, él solo piensa en seguir recibiendo todas las miradas, aplausos, en tener toda la atención. El vicepresidente lo saluda, Abelardo no esperaba encontrárselo allí, sonríen mutuamente, ignoran que en un futuro se traicionarán. Un militar de apellido Santos y de rasgos indígenas se presenta, es el jefe de seguridad de la casa y se pone al servicio irrestricto del mandatario.
Abelardo camina hasta llegar al final del salón, del otro lado hay un patio que hasta hacía pocos minutos estaba lleno de trabajadores preparando el lugar. Todo parece una impostura, una rara ilusión, una fachada de algo que los asistentes catalogan de obsequio a su Emilio caribeño, pero Abelardo cree que es su instante de coronación, se siente un Napoleón en Notre Dame recibiendo una corona de laurel. Al mismo tiempo se ofende, hay algunas personas que visten de manera ajena a sus estereotipos europeos, deforma su rostro, aunque lo disimula rápidamente con una nueva sonrisa mientras en el oído a su esposa le pregunta por aquellos, por esos y esas a quien no conoce y los percibe como indignos a la majestad del momento.
El presidente suspira, eleva su mentón y la mirada la pone sobre las cabezas de las personas, Abelardo se siente como un potro que sabe que tiene salir corriendo, que para eso fue puesto en el punto de partida, pero lo que no sabe es que su lugar fue entregado para la felicidad de los opulentos en las graderías.
Una mujer de apellido Sánchez le da la bienvenida de manera muy cortés, se presenta como la nueva ama de llaves de la casa, la encargada de que todo esté en orden. Ella le abre paso para que él siga su camino, pero los ojos de aquel sobreestimulado e hiperventilado jefe de Estado –cubiertos por unos lentes de cristales negros– se fijaron en las caderas de la jefa de la servidumbre. Ana Lucía no se dio cuenta; de hecho, nadie se percató de que la suerte entre Sánchez y Abelardo estaba echada para siempre.
En el aire, un grupo de gallinazos volaba de un lado para el otro, en tierra las mesas colmadas de asistentes esperaban unas cortas palabras de Abelardo para que empezara el festín, aunque una rara marca de ron, “Defensor”, estaba ya en las manos de casi todos los asistentes. Abelardo los veía evitándolos, con unas ganas furiosas de huir rumbo al Mediterráneo, pero ya era tarde, el grupo de gallinazos en el cielo percibían un muerto grande y podrida grandeza.

