A mí me gustaría no morir

A mí me gustaría no morir

#EntrevistaImaginada

26/03/2026

Por: José Vargas

[Texto presentado al primer Concurso Latinoamericano de Entrevistas Imaginadas: el retorno de periodistas ausentes de la Fundación para la Libertad de Prensa – FLIP]

Estoy bajando las escaleras de mi edificio de manera apresurada para evitar llegar tarde a una entrevista que he preparado por meses. En la diagonal 73, a pocas cuadras de la Plaza Dardo Rocha, miro al cielo, es una especie de ritual para adivinar el clima, está soleado y de manera intensa. Es abril y el otoño aún no entra con fuerza en la ciudad de La Plata, Provincia de Buenos Aires, Argentina. Mi entrevistado será Jaime Garzón, el periodista y humorista político más famoso de América Latina.

Jaime estaba por cumplir 65 años -corre el año 2025- y había construido una impresionante carrera que le daba un reconocimiento desde México hasta Argentina, era la voz obligada de los jóvenes universitarios y casi una figura de autoridad para los nuevos periodistas de la región. En mi auto, mientras conduzco hasta el auditorio Roberto Rollie de la Facultad de Artes de la Universidad Nacional de La Plata, escucho a Augusto Dallachiesa de la radio universitaria que lo espera en un improvisado estudio que la producción ha instalado en un salón de clases, el periodista define a Garzón como un iluminado de la vida política latinoamericana. Aquella entrevista en realidad será una transmisión en vivo compartida con Futurock de la Universidad de Buenos Aires, y serán Malena Pichot y Vanesa Strauch las que harán su parte para desentrañar la mente del colombiano.

Al finalizar el programa de radio, Jaime será conducido a un salón en donde sostendrá el encuentro conmigo. El lugar es un hervidero de gente, cada persona trata de meterse como puede en el auditorio mientras yo camino hacia el lugar. Allí está una vieja conocida, Jaqueline Kisteniuk, una fotógrafa bonaerense que conocí en mis años de periplo por Tierra del Fuego. Ella será la encargada de documentar la entrevista. A los pocos minutos me abrazan por la espalda, es Tina Sconochini, actriz de teatro y cine que me pidió muy especialmente que le permitiera estar en la conversación. Cruzo un par de palabras, abrazos y miradas con las dos mujeres mientras al mismo tiempo pienso que la entrevista de radio ya terminó y que Garzón va camino al auditorio. Estoy muy nervioso.

En Colombia la situación de seguridad de Garzón nunca había disminuido, lo querían matar a como diera lugar y él aguantando, resistiendo con una dignidad admirable, pero ante todo con una entereza nunca vista en una figura pública en la historia del país. El tiempo en la universidad pasaba demasiado rápido y de un momento a otro ingresa alguien al salón y me dice, “listo, Jaime ha terminado. Viene para acá”. No me había dado cuenta de que desde que salí de casa hasta ese instante habían pasado casi tres horas.

Jacqueline me da unos consejos, me guiña un ojo y toma con una de sus manos mi cachete derecho y me dice de manera muy cercana algo que no comprendo. Volteo a mirar a Tina y ella con la sonrisa estelar de siempre me da a entender que todo estará bien. Garzón venía de un viaje de dos días por Santiago de Chile y en Argentina estaría casi una semana. Algunos diputados libertarios habían denunciado que su viaje no era más que una artimaña de la izquierda, una jugarreta para darle aire a la oposición del país.

Algunos minutos después de las once de la mañana ingresa Jaime Garzón al salón y de inmediato impone sus condiciones.

-Al fin llego, guevón. Está llenísimo todo -me dice mientras me abraza y luego con sus brazos extendidos me aleja un poco de él para observarme, como para reconocerme. Pasan unos segundos y yo al fin atino a decirle algo. Jaime se sentó casi de inmediato -¿Entonces empezamos? -Le pregunté. Me lanzó un par de chistes con relación a mi horrible acento entre colombiano y argentino, se burló de cómo alargaba ciertas consonantes y como otras las tiraba bien seco y corto, a lo colombiano. Puse sobre la mesa un bloc de hojas, un lápiz, un pequeño borrador y al lado una grabadora de voz digital.

Jacqueline tomó la primera foto y empezó la entrevista.

-¿Cuántas balas tiene en el cuerpo?

-Ah esto es sin anestesia. A mí me metieron cinco tiros, todos en el pecho, no entiendo cómo no me dieron en la cabeza que era lo más fácil, digo yo. De esos cinco balazos me lograron sacar tres y los médicos me dejaron dos, uno de ellos por estar muy cerca de la aorta y el otro por su cercanía con la columna vertebral.

Jaime Garzón había esquivado esa pregunta cientos de veces y yo se la hice en el primer intento, no por morbo, sino porque creía importante saber lo cerca que estuvimos de perderlo y porque la derecha colombiana había construido una narrativa en la que minimizaban el atentado. Cuando me respondía la pregunta señalaba tocándose las zonas en las que más o menos estaban las balas.

Para mí su atentando fue uno de los momentos más tristes de mi vida, yo era muy joven y esperaba los fines de semana para ver a Quac. -¿Qué pasó en esos meses en los que estuvo en coma?

-Pues mire, hermano. A uno siempre le dicen desde que es un niño que en un momento de esos uno no debe ir hacia la luz y pues uno en coma no tiene días o noches, todo es como una película continua en la que en ocasiones veía luces parpadeantes, luego oscuridad y de un momento a otro una luz que me quería comer y yo huyendo de esa vaina, yo no me quería morir, ja,ja,ja,ja,ja. Yo estaba aferradísimo a la vida.

-¿Y qué pasó cuando despertó?

-Yo abrí los ojos y vi un montón de gente, máquinas y mangueras. Fueron varias horas, vinieron mis hermanos Marisol y Alfredo y a los dos días, cuando empecé a tener más conciencia de todo fue cuando me enteré de que habían pasado dos meses. Una de las balas, la que me perforó un pulmón, fue la que más daño hizo, complicó un montón de cosas adentro.

-Hay algo que me inquieta sobre lo que usted se ha rehusado a abordar, en primer lugar, hablar de estos detalles del atentado y lo segundo, sobre la decisión de exiliarse.

-Vea, yo un día me levanté en la clínica, recuerdo que el doctor encargado de todo me había ido a ver y me dijo muchas cosas, esas vainas que le dicen a uno de cómo encarar la nueva vida y eso. El tipo usó una palabra mágica, dijo “nueva”, como si esto fuera un principio de algo y eso para mí fue una revelación porque me di cuenta de algo importante. En ese momento descubrí que yo era valiosísimo vivo y no muerto, porque ese cuento de que el muerto es una leyenda y que uno se debe hacer matar por lo que cree, había perdido cierto sentido para mí. Esto pasó porque me di cuenta de que para hacer hasta lo imposible por lo que uno cree y siente, uno debe estar vivo y yo para mamarle gallo al país, joder a los políticos y hacer reír a todo el mundo debía estar vivo y no muerto.

-Es decir ¿Usted sabía que iban a volver a intentar? Matarlo, me refiero.

-Sí, estaba reconvencido de eso mi hermano. Es que realmente esa gente me mató ese día, y lo que pasó después es que surgió un nuevo Jaime, porque no volvería, al menos en ese momento, a ser el mismo. Así que a mi hermana Marisol esa misma tarde le dije que hiciera todo lo posible, así como estaba, sin poder caminar, para que me sacara del país y no porque fuera a huir, no señor, todo lo contrario, porque necesitaba recuperarme física y mentalmente para volver con toda a lo mío. A la muerte como a la violencia hay que enfrentarlas con vida, con voz, con ideas, con pensamientos y hasta con humor. Yo me iba para recuperarme, para que las cosas en el país se calmaran un poco, pero iba a seguir con todos mis proyectos, como efectivamente lo hice. Quac siguió adelante, tocó dejar algunas cosas a un lado que requerían mi presencia física en Colombia como Heriberto de la Calle que me dolió muchísimo, pero era necesario.

-Y ese lugar fue Francia. Recuerdo que cuando se fue mucha gente en el país respiró tranquila porque pensaban que usted se estaba rindiendo y jamás se dieron cuenta que su recuperación iba a ser muy rápida y que desde allá saldría de nuevo Quac. Recuerdo ese primer episodio imitando a Pastrana, un Pastrana leyendo una carta que habían escrito los Rodríguez Orejuela diciendo que Samper era un mafioso.

-Ja,ja,ja,ja,ja,ja es que imagínese que un presidente le pide a unos mafiosos que escriban una carta para joder a su antecesor, eso es casi una confesión directa de que Pastrana sí tenía relación con los Rodríguez Orejuela. Es que no cualquiera le dice a unos capos de la mafia: “vengan, me hacen un favor, una cartica para joder a Samper”. Eso para mí era una confesión de su relación.

Hago una pausa de unos pocos segundos, miro las hojas en las que tengo las preguntas, están ordenadas, pero ahí me doy cuenta de que ya me salté el orden porque tengo a Jaime hablando de las cosas que evitó por casi veinticinco años y lo está haciendo muy tranquilo.

-¿Intentó volver a hablar con Castaño? Le preguntó por qué lo había hecho sabiendo que días antes del atentado usted hizo lo imposible para evitarlo y según se entiende él dio la orden para revertir todo ¿No?

-¡Ay hermano! A mí realmente eso no me importó después. Como todo el mundo sabe yo tuve una extensa charla con Castaño antes de que su mismo hermano lo matara, hablamos de muchas cosas, del futuro del país y yo nunca en esa llamada por satelital le recriminé por mi atentado. Hasta le mamé gallo. Durante días pensé en hacerlo, incluso en la llamada, pero decidí que no y él esperando que yo lo hiciera, lo sentí muy tranquilo en la charla. Creo que hice bien, porque fue muy natural la conversación gracias a ese detalle. Para mí el asunto, estando en Francia, era que la justicia obrara para desenmascarar a los autores intelectuales.

-¿José Miguel Narváez? –Lo interrumpo.

-Entiendo su pasión, pero lo de ese tipo tampoco lleva a ninguna parte, eso es similar a cuando Uribe dijo cosas en un consejo comunitario de gobierno y luego un alcalde puuum apareció muerto. En Colombia el que te manda a matar dice cosas al aire y luego a uno le dan bala, así como así y esa gente queda limpia o simplemente se hace la desentendida. Así que no, lo de Narváez, aunque no me crea, tampoco me desvelaba.

-Entonces –Lo vuelvo a interrumpir. -Narváez está preso por delitos de lesa humanidad y su atentado, su intento de homicidio, está en su largo expediente.

-Claro, pero por eso le digo que entiendo su pasión, porque para mí lo realmente importante era saber cómo ese entramado entre paramilitares, narcotraficantes, políticos y agentes del Estado se organizaron de manera directa o indirecta para intentar matarme. Es que mire una cosa, lo mío no es especial, porque es que yo no me creo especial, lo mío es una de las tantas cosas que han pasado en el país, si me hubieran matado, hubiese sido uno de los miles de colombianos y colombianas asesinados por pensar diferente. Aquí el asunto era develar cómo un narcoestado había actuado para hacer lo que hicieron, y esa vaina era muy difícil para mí porque necesitaba luchar contra un sistema robusto, monstruoso y de paso, óigase bien, era muy berraco también para ellos, porque yo me le volví un cabo suelto a esa clase política.

Asiento con la cabeza, me controlo un poco, sabía muy bien, desde hace mucho, que la lucha de Jaime era precisamente esa, la participación del Estado en su intento de magnicidio, pero yo me fui directo a las cosas y él, con esa sabiduría criolla, me volvió a meter en lo importante del asunto. Regresé a la pregunta.

Después de su charla con Castaño el tipo dio varias entrevistas y fue el inicio de uno de los mayores escándalos del país, la participación de paramilitares en la política nacional. Recuerdo que la narrativa de la derecha pasó de señalarlo a usted de guerrillero a paramilitar, una cosa graciosísima y todo porque Castaño aceptó que intentar matarlo había sido uno de sus peores errores, recuerdo bien esa entrevista con Vicky Dávila. -¿Después de eso el proceso contra el Estado colombiano en la Corte Interamericana de Derechos Humanos cómo se tornó?

-Yo estaba concentrado en Quac, esa versión a la distancia en la que solo presentaba noticias mientras el país ardía. Fueron los años de las miles de tomas guerrilleras y el ascenso de Uribe al poder. Entonces mi denuncia iba avanzando, sabía que en algún momento iba a surgir algo, pero yo no me apasioné, estaba tranquilo, sin odios, sin rencores. Yo no estaba obsesionado en meter a nadie en la cárcel, yo no creo en esas cosas, mi preocupación era que la gente conociera todos los detalles de lo acontecido, que no solo es mi caso, sino lo de miles de colombianos y colombianas, ese fue y ha sido siempre mi norte en este largo proceso.

-La derecha le decía por todos los medios que viniera al país a dar el debate, la izquierda le pedía que regresara y se lanzara al Senado, incluso a la presidencia, los medios corporativos con su perorata de sandeces en su contra y usted en Francia haciendo el noticiero o programa de televisión más visto en la historia del país. Entonces apareció Uribe y le quitó la licencia al Canal Uno. -¿Qué pensó en ese momento?

-Esa sí es la cuestión hermano, ese sí es el punto. Eso fue muy doloroso, porque quitarme el medio de participación en la sociedad era un golpe muy berraco para mí. Recuerdo que hablé con Daniel Coronell y con mucha pesadumbre dialogamos del tema. El error era que todo estaba concentrado en Quac y en ese canal de televisión, nunca nos fuimos a otros formatos, por otros medios, pero cuando todo parecía apuntar a que sería un desastre terminó siendo algo positivo. Por suerte internet era ya mucho más masivo, entonces apareció Quac en YouTube, mi pódcast, la revista y fue cuando decidí salirme un poco del contexto de Colombia y meterme a Latinoamérica.

-Desde que Uribe asumió la presidencia le apostó a señalarlo como un enemigo del gobierno y asumió que si era enemigo del gobierno era como tal de la seguridad democrática y hasta de la paz. ¿Eso le preocupaba?

Hace un breve silencio, bebe agua, pero sin quitarme la mirada y luego sonríe.

-No, Uribe representa eso, lo dije desde que era senador, entonces ese asunto no era preocupante, lo que sí era importante era que no se repitiera con otros lo que casi me pasa a mí, lastimosamente la lista de asesinados y asesinadas es enorme y lo que es peor, nunca se sabrá quién fue o por qué. Uribe enfiló conmigo sin tregua, durante casi ocho años no hubo un solo día que mi apellido no apareciera en sus entrevistas, en sus trinos, en todo, el ‘man’ estaba decidido a todo para silenciarme y más aún cuando en Quac hablábamos de su hermano y los paramilitares, de los vínculos con el narcotráfico, de los falsos positivos y yo con ese montón de audiencia, incluso en otros países. Yo decía que Uribe parecía enamorado de mí, creo que él hasta soñaba conmigo. Entonces yo creo que lo del Canal Uno fue una maniobra desesperada y equivocada, que lejos de perjudicarme de manera permanente me sirvió y logró diversificar el programa hasta lo que tenemos hoy.

-Vamos a reírnos un rato, Jaime. Hablemos de su novela en RCN.

-Ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja. A mí me llaman de RCN, un tipo que respeto y conozco hace años, Rodrigo Pardo, imagínese esa vaina, pusieron al jefe del noticiero a llamarme, quién sabe cuánto les costó esa llamada, ese favor y al mismo tiempo Rodrigo incómodo. Yo nunca esperé una llamada así y menos para decirme que me querían hacer una novela y menos desde RCN y menos que el mensajero fuera Rodrigo y no un empleado de entretenimiento o quien sabe de qué departamento. Eso fue en 2015, unos meses antes de que Rodrigo se fuera del canal y llegara Claudia Gurisatti. Se imagina que a Claudia le hubieran dado la orden de llamarme ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja,ja. Yo le dije a Rodrigo de una vez que no, que no tenía mi permiso y que no los iba a ayudar en ese tema, pero en la llamada quedó claro que en la ficción uno puede hacer lo que quiera. Yo cuando colgué dije en voz alta “estos hijueputas me van a hacer la novela”. Entonces qué es lo que sucede aquí, sale Rodrigo y entra Claudia y ese noticiero y el canal mismo se van al carajo, la audiencia se va al piso. Ese enfoque casi mesiánico sobre Uribe Vélez jode al canal. Cuando pensé que la novela no iba a salir, me enteré por allá en el 2017 que la estaban grabando y que iban a pasos agigantados. De una llamé a Santiago (Alarcón) y me lo confirmó. Nunca juzgué a Santiago, lo conocía muy poco y siempre he reconocido que tiene tremendo talento, así que seguí en lo mío y esperé a ver con qué iban a salir. Mi hermana Marisol, sobre todo ella, me dijo que los demandara y yo como ya le expliqué, no creo en eso, yo seguía con mi proyecto que era ir a lo macro y no desgastarme en esas cosas. No hice nada. Ellos hicieron mi novela por plata, para recuperar audiencia, para alinearse con el sentimiento de la gente y de paso recuperar algo de lo mucho que estaban perdiendo.

-Yo recuerdo cuando Claudia Gurisatti entrevistaba en RCN Radio a Carlos Castaño y el tipo decía orgulloso que mientras hablaba iba a caballo, en una lancha, que se estaba moviendo para que no supieran su ubicación exacta. Luego ella misma lo entrevistó dos veces para televisión, ese mismo canal hizo de todo para destruir, si me permite esa palabra, a Quac y ahora le iban a hacer una novela. Le reconozco que me apasiono mucho y me da rabia, pero escucharlo con esa tranquilidad me la transmite. ¿Qué pasó cuando vio la novela?

Yo no la vi por televisión, yo le pedí a alguien de mi equipo que la grabara y cuando la tuviera toda me la enviara a la casa. La vi en una semana entera, casi descuidando mis obligaciones. Le dije a mis hermanos lo que pensaba, a algunas personas muy cercanas y que sé que no van a revelar lo que pienso de la novela. Entonces confórmese con una cosa, me reí mucho.

-¿Y esa risa es buena o es mala? -Le pregunto de inmediato.

-Me reí mucho, hermano, me reí. -Y hace con su mano derecha una señal de que no dirá nada más mientras bebe agua.

-Hablemos del proceso de paz.

-Eso me gusta más –Me interrumpe.

-Cuando Santos lo llama y le dice que es hora de volver a Colombia porque usted es fundamental para la paz. ¿Qué le respondió?

-Mi respuesta fue un sí rotundo. Estaba listo para volver hace años, sentía que era el momento, pero no encontraba el punto de quiebre para regresar. Por ejemplo, cuando se hizo Justicia y Paz yo quería participar.

-¿En serio? –Lo interrumpí.

-Pero por supuesto, hermano. La paz es mi norte fundamental, es que lograrla es una realización suprema del país. Lo que pasa es que al hacerla le estamos quitando a los violentos su principal arma política. La guerra, el genocidio, la tortura, el hambre, la injusticia, la gente empobrecida, las violaciones y todo eso que pasa a diario en el país no es otra cosa que una agenda política de dominación. Aquí la clase política tradicional no tiene otra herramienta que la violencia, hacen campaña con eso, prometen paz, pero nos dicen que para que haya paz primero hay que ir a la guerra, una idea retrógrada, eso viene de por allá de los mongoles y aquí en pleno siglo XXI lo seguimos replicando. Entonces aquí hay que hablar, generar los espacios que sean necesarios y hacer la paz. Cuando eso se logre no solo van a desaparecer los grupos armados, existirá tolerancia. Entonces yo entendí que debíamos hacer pedagogía en un país polarizado y muy violento y por otro lado había que pactar con los grupos armados. Es decir, desarmar a Colombia del verbo callejero hostil y de los fusiles en las montañas. Así que sí, quise estar presente en Justicia y Paz, no como víctima del paramilitarismo, sino como un agente propositivo.

-Fueron los años cuando la derecha cambió su narrativa y empezaron a decir que usted ahora era paramilitar –le digo para que siguiera hablando.

-Y todo eso hace parte de la guerra y no nos damos cuenta, vivimos cómodamente viendo por televisión y repitiendo todo lo que dicen, pasé de ser guerrillero a paraco en un abrir y cerrar de ojos, un poco más y paso de ser víctima a victimario. ¿Si se da cuenta lo importante que es hablar de paz como un todo y no solo desarmar a unos? Entonces desde el programa (Quac) lo dimos todo en pedagogía no para que la gente aceptara Justicia y Paz, para que la gente empezara a rebajar ese discurso de odio tan terrible, para hacer que las partes se encontraran en algún punto y se logró porque la gente empezó a escuchar más, en la radio y otros medios de comunicación le dieron la posibilidad a la gente de participar más de ese debate nacional que es tan necesario y ahí fue cuando Uribe extraditó a esa gente y Justicia y Paz queda en un proceso con mandos medios mientras los de arriba se fueron y guardaron silencio.

-Regresemos a Juan Manuel Santos y su propuesta. Usted como negociador no de parte del gobierno, sino como parte de la sociedad civil.

-Lo primero era resolver el tema de la seguridad para ir a Colombia y lo segundo era que no me tomaran por idiota útil, yo necesitaba hechos puntuales para apostarle a ese proceso. Hice el viaje, llegué a Colombia en un avión del gobierno francés y muy custodiado, aunque viajé en secreto. Me reuní con Juan Manuel en palacio a las ocho de la noche, nos dieron las cuatro de la madrugada. Casi que de inmediato viajé a Caracas para hablar con un enviado del Secretariado de las FARC. La cosa iba en serio. Así que me apunté.

-El país se entera una semana después de su viaje, de sus reuniones y la gente opinaba de todo.

-Sí, me terminé de convencer de que era necesaria mi participación y le envié la famosa carta a Juan Manuel Santos y a Rodrigo Londoño y les exigía, entre otras cosas, esos cinco puntos tan ampliamente conocidos por Colombia y que las partes aceptaron. La luché muchísimo en Noruega y Cuba, es que es muy berraco convencer a dos partes tan separadas de que ya no sigan más en esa guerra tan absurda y a eso hay que sumarle la desconfianza entre ellos. Yo fui el que propuso que en las rondas de negociaciones estuviera, por videollamada, Salvatore Mancuso, incluso que metiéramos a más gente. Al final, solo estuvo Mancuso en un par de reuniones. Cuando se tocaba el tema Uribe, que las FARC no lo bajaban de criminal de guerra, a mí me correspondía la difícil tarea de evitar que se fueran por ese lado porque el proceso se iba a empantanar. A mí un día Pablo Catatumbo me dijo “no lo entiendo, guevón, no lo entiendo”. Y yo le decía que no me entendía porque él todavía no entendía lo importante que era la paz. Es que el fin del proceso no podía ser, entre otras cosas, meter preso a Uribe, no señor, el fin de ese proceso entre dos actores como la guerrilla y el Estado representado por cualquier gobierno no era otra cosa que construir el escenario ideal para que los colombianos y las colombianas nos sentáramos a hablar porque eso es lo más difícil. Así que mi tarea era evitar que el proceso se hiciera añicos como casi pasa mil veces y ojo, yo no me creo el salvador de eso, hay que reconocer que las partes cedieron y decidieron quedarse, mi trabajo era preservar ese espacio a toda costa, pero luego tenía que salir a hacer pedagogía en Quac, hablarle a la gente para que entendiera lo importante que se estaba cocinando en esa negociación. Y creo, creo firmemente que se logró.

-¿Está satisfecho con el resultado del proceso de paz con las FARC?

-Desde luego que sí, es que la gente debe entender que con la guerrilla se pactó básicamente dejar las armas y una serie de acuerdos en lo fundamental, pero no se nos puede olvidar que el germen de esa guerra sigue vivo, la injusticia, las desigualdades y ese montón de problemáticas sociales que tiene Colombia a diario.

-Quiero que hablemos de algo muy actual, de Gustavo Petro –Y antes de hacer la pregunta me interrumpe.

-¿Y ese guevón quién es? Ja,ja,ja,ja. Vea, para ser directo, él me pidió que fuera parte de su gobierno, hubo un ofrecimiento para ingresar al Ministerio de Educación y yo le dije “No guevón, eso es de Fajardo…”

-Su candidato Sergio Fajardo, querrá decir -Lo interrumpí.

-Sí, siempre he reconocido que mi candidato primero fue Antanas Mockus y luego Fajardo. Creo que en ellos estaba al menos una buena parte de la respuesta que el país necesitaba.

-Sin preocuparle lo tibio que ha sido Fajardo, y que muchas de las fichas del Partido Verde terminaron hoy en la oposición a Petro y eso no es grave, lo complejo es que están jugando a favor de la derecha. Eso hay que reconocerlo, Jaime.

– Mire, es muy simple, los verdes están preocupados por llegar al poder, lo quieren, lo anhelan y han actuado saliéndose o apartándose del gobierno Petro para no verse salpicados, lo mismo hicieron cuando la derecha gobernaba, estuvieron algo cerca y luego fueron oposición. Es que ser de centro es complejo, pero necesario y por eso creía en el cuento que nos contaba Antanas y ahora en buena medida Fajardo.

– Regresemos al tema Petro. -Me decía que le ofreció el Ministerio de Educación.

-Sí, y usted sabe que eso es algo público y yo también lo rechacé. Luego vi que le entregó ese puesto a Alejandro Gaviria y a las pocas semanas me ofrecieron ser el Alto Comisionado para la Paz y también lo rechacé. De ese no dije nada, solo dije no y ya. El último coqueteo de Gustavo fue la embajada de Francia ja,ja,ja,ja,ja y no guevón, eso para qué hijueputas, qué hace uno en una embajada aparte de no hacer nada. Así que me imagino que su siguiente pregunta será por la distancia que tengo tan fuerte con este gobierno, y la verdad es que yo no estoy distante de Gustavo, siempre lo he estado, aunque reconozco que en segunda vuelta voté por él.

-¿Por qué la distancia? –Le pregunto antes de que continuara.

-Porque yo creo que Colombia ya está lista para la gran transformación que necesita, para que salgamos de ese hueco en el que estamos, de esas discusiones interminables entre quién es más o menos criminal, si Petro o Uribe y mientras eso pasa, el país se sigue desmoronando. Yo trabajé para un proceso de paz, pero no fui parte del gobierno Santos, estuve en la oposición de este muchacho Duque y ahora con Petro y desde Quac, desde el pódcast, desde la revista y desde donde puedo le hago y le seguiré haciendo críticas por su falta de rigurosidad como gobernante, por su falta de liderazgo en temas en donde él puede aportar muchísimo y ha optado por desaparecerse y, por último, por ese aire mesiánico que lo hace terco y propenso a cometer errores. Por eso digo que Gustavo no es el hombre, el hombre debió ser Antanas.

-Usted dice que Colombia ya está lista, yo tengo dudas, en las pasadas elecciones lo que pasó con Rodolfo Hernández fue tremendo. ¿No le parece?

-Sí y no, lo de Rodolfo fue la coyuntura de ese primer quiebre, de ese golpe fuertísimo que se llevó la derecha en primera vuelta y estoy seguro habrá uno muy similar en las próximas elecciones, pero tampoco veo muy convencida a la gente con la idea de Cepeda. Esto lo digo porque percibo al país más maduro, solo basta ver cómo abuchean a Cabal en eventos públicos y cómo Uribe ya no es el mismo gallo de pelea de otrora y bueno, lo de Gustavo le da a la gente mucho en qué pensar. Por eso creo que el país maduró -un poquito- pero algo ha sucedido. Lástima, de verdad es una lástima que no esté Antanas para estas elecciones.

Cinco minutos atrás una chica me hacía señales que debía cortar la entrevista, que no tenía más tiempo, así que con esa última respuesta estiro mi mano y apago la grabadora, miré a Jaime y se volvió a cagar de risa.

-¿Ya estoy libre? -Me pregunta Jaime haciendo una mueca graciosísima y se va levantando de la silla. Nos damos la mano, luego nos abrazamos y antes de soltarnos me dice al oído, y Milei, ¿cómo le va con ese señor a usted? –En ese momento el que se ríe muy sonoramente soy yo. Nos miramos, nos decimos gracias el uno al otro y nos vamos alejando. Él le guiña un ojo a Jacqueline, le da un beso fuerte en la mejilla y a Tina la abraza. Pienso que Garzón a sus casi 65 años sigue siendo igual de coqueto que siempre. Admiro a Jaime y desde ya lo empiezo a extrañar.

José Vargas

José Vargas

Estudió periodismo para preguntar porque nunca entiende nada y no sabe nada, por admiración a Jaime Garzón y por creer que alguien tiene que contar la historia. Por convicción es cuentista y novelista, más y mejor lo primero que lo segundo. Escribió su primera novela inspirado en el Llano colombiano e influenciado fuertemente por el tiempo, el territorio y el realismo. El susurro de las tripas fue publicado en tiempos de pandemia con Nueve Editores, editorial con la que repitió su segunda novela, El peso de la guitarra. Desde inicios del año 2023 vive en Argentina, en donde escribió su nueva novela Las tareas de Simón, un acercamiento al estilo surreal e informal que ha buscado por años.

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