Caminando desde un país llamado Venezuela

Caminando desde un país llamado Venezuela

#Opinión

06/01/2026

Por: José Vargas

Soy migrante y hay cosas que no se pueden entender si no vives el proceso de salir con una maleta y con un pasaje de ida. Esto es una confesión, pero no escribo en caliente, lo hago con la cabeza fría en una hermosa tarde-noche del verano austral mientras veo las diversas reacciones tras lo sucedido con Nicolás Maduro. Yo hago parte de una de las diásporas más grandes de América Latina, me refiero a los casi cinco millones de colombianos y colombianas que estamos en el exterior por diversa índole.

Es imposible imaginar el miedo terrible que vivieron las y los venezolanos que cruzaron América del Sur arrastrando valijas y cargando a sus hijos hasta llegar a Chile, Perú y Argentina. Tampoco puedo siquiera comprender lo que sintieron y siguen sintiendo los migrantes que cruzan el Tapón del Darién con rumbo a Estados Unidos, travesía en la que han muerto cientos de personas. Me resulta incomprensible las sensaciones vividas por las y los cubanos que se lanzan al mar con la intención de alcanzar las costas de Florida, mientras enfrentan en balsas improvisadas los embates del océano.

Soy colombiano y no concibo medianamente el pavor que sintieron las personas que salieron huyendo por amenazas directas con ocasión del conflicto armado, de aquellos que vivieron las masacres de los paramilitares, de las horribles noches de las tomas guerrilleras y de los que eran señalados por agentes estatales y se metieron por trochas, cruzaron ríos y montañas hasta que llegaron como refugiados a Venezuela, Panamá, Ecuador, Perú y Brasil. Nuestras víctimas no tuvieron otro camino que huir de la violencia y luego soportaron la mirada de odio de la xenofobia.

De los que cruzaron en un avión, porque tuvieron algo de mejor suerte, la de viajar más cómodos, quizás con plata prestada, con familias que reunieron lo poco o mucho que tenían para que uno de los suyos se fuera y luego mandarle dinero para vivir mejor. De aquellos que tras doscientos años gobernados por la derecha colombiana se tuvieron que ir porque las oportunidades fueron construidas para algunos y aquella justicia social la tuvieron que buscar en otro lado.

Nadie sabe lo que vive el migrante, nadie, solo ellos y desde luego cada proceso es diferente, porque hay algunos, como yo, que hemos corrido mejor suerte, aunque el miedo tarda mucho en irse, es algo que se le pega a uno en la piel hasta que quizás se va o se convierte en otra cosa, como resignación. Yo salí de Colombia en un avión, con dos valijas, algo de dinero y un techo que estaba esperándome, junto a la compañía de personas que no conocía, pero que me recibieron de manera desinteresada y me hicieron uno de ellos.

Vivo en una isla alejadísima del mundo occidental tal y como CNN, Caracol y RCN lo venden, tal y como Playboy y Soho muestran las pieles, de ese mundo que Hollywood nos vende en una pantalla y que la televisión con sus series y novelas nos dice que es y nos adoctrinan para aceptarlo. Vivo en una isla muy lejana y tranquila, con mucha paz, pero eso ha tenido y tendrá siempre un precio y es la distancia tremenda, de esas que uno no se puede imaginar ni mirando un mapa, ni cotizando pasajes aéreos para volver. Es lejanía y lejanía, una tan fuerte que uno termina creyendo que se vive en otro mundo.

Un amigo venezolano que vive y trabaja conmigo me contó un día algo que me hizo derramar una lágrima, una tarde hablando de todo dijo de la nada que la distancia era tan grande que él la podía sentir. Yo bajé la cabeza mientras lloré de manera tímida porque he sostenido lo mismo desde que llegué, vivo tan lejos que la distancia es algo palpable, no me pregunten cómo es eso porque no sé explicarlo, solo sé que en ocasiones cierro los ojos y al estirar mis dedos puedo sentir la lejanía en la que vivo y es profundamente devastadora.

Yo migré porque estaba inconforme, sintiendo que no había espacio ni oportunidad para mí y ante todo cansado. Me cansé de ser yo, me cansé de ser ese yo en ese espacio y en ese momento histórico y me fui lejos buscando tranquilidad. Ahora bien, la gran pregunta que yo me hago y que quizás todos los migrantes se hacen es si algún día se volverá o si se desea volver, o lo que sea, pero relacionado a regresar a esa casa grande llamada Colombia.

Ayer, cuando hablaba con dos venezolanos de la situación de su país relacionada con Maduro, ambos coincidieron en lo mismo. Se extraña la tierra en la que se nace, se quiere volver, pero ya no es posible hacerlo. Uno termina siendo de la nueva tierra, uno termina atrapado en ese sinfín que se encierra en la pregunta ¿A qué vuelvo? El daño hecho al pueblo venezolano es gigantesco, colosal y cuando los ánimos se tranquilicen y pasen algunas semanas, esas voces eufóricas que celebraron con todo el derecho en el obelisco de Buenos Aires la captura de Maduro y que decían que pronto se iban a su natal Venezuela, se van a convertir en un “ya no podemos volver”.

El asunto es que la migración destruye muchas cosas, pero al mismo tiempo construye otras en el nuevo lugar. Se tejen relaciones, amores, amistades, se aprenden costumbres y al final uno se da cuenta de que hay una nueva vida muy avanzada y uno muy metido en ella. Entonces ¿A qué vuelvo? O ¿Para qué? Uno se empieza a dar cuenta de que no hay retorno, que quizás algunos sí puedan hacerlo. Afortunados. Pero, ante todo, esa distancia, esos miedos, esas lágrimas te convirtieron en otra persona y esa persona solo puede existir en ese nuevo lugar.

Desde luego es lo que pienso, este texto está escrito en primera persona, pero es claro que volver es muy difícil. Uno de mis amigos venezolanos me decía que tiene una hija argentina, una casa que la están pagando a las elevadas cuotas de los créditos hipotecarios de la Argentina inflacionaria, que tiene amigos que ama, que esa hija va al jardín de infantes y ya tiene amigos y él no quiere separarla de ellos como él se tuvo que separar de los suyos. Además, su pareja es más argentina que el tango y esa mujer no puede vivir lejos de esta tierra. Ese amigo ya no volverá a su Venezuela natal.

El otro amigo de Venezuela me dijo que no quería volver, mientras estaba aquí perdió seres queridos allá, se siente viejo para llegar y conseguir un trabajo y aquí ya tiene dos hijos, un perro, un gato, una casa en medio de un bosque y una pareja argentina que no se quiere ir, que no quiere vivir esos miedos de la migración. Ese también se queda.

A Venezuela la destruyeron los egos mesiánicos de la izquierda tartufa y los delincuentes de Washington que la sancionaron porque no soportaron que los desafiaran hasta que quebraron su economía. Maduro cayó, lo vendieron, lo abandonaron, lo capturaron, lo secuestraron, lo que sea, pero ya nada importa. Cuando las aguas de esa victoria pírrica para el imperio se calmen y cuando esa celebración de millones que es necesaria para sentir, al menos por un momento, que son libres y que uno de sus verdugos está preso, cuando todo eso se apacigüe, muchos lastimosamente comprenderán que ya no hay vuelta atrás, no hay forma de volver.

Maduro está preso y con seguridad eso no le cambiará la vida a los que se fueron de su país. Trump sigue espetando odio, se apoderará de lo que pueda, habrán más robos, harán negocios, como siempre, entre los poderosos y quizás, solo quizás aquel país algún día recordará a su diáspora, la misma que no pudo regresar, porque no importan los Chávez, los Maduros, los Trumps, los Machados, los Rodríguez ni ninguno de esos criminales, porque una buena parte de los que se fueron no volverán y en cincuenta años o más, en alguna juntada mientras se toma mate alguien dirá que es un argentino y que sus padres llegaron caminando desde un país llamado Venezuela.

*Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición del medio.

José Vargas

José Vargas

Estudió periodismo para preguntar porque nunca entiende nada y no sabe nada, por admiración a Jaime Garzón y por creer que alguien tiene que contar la historia. Por convicción es cuentista y novelista, más y mejor lo primero que lo segundo. Escribió su primera novela inspirado en el Llano colombiano e influenciado fuertemente por el tiempo, el territorio y el realismo. El susurro de las tripas fue publicado en tiempos de pandemia con Nueve Editores, editorial con la que repitió su segunda novela, El peso de la guitarra. Desde inicios del año 2023 vive en Argentina, en donde escribió su nueva novela Las tareas de Simón, un acercamiento al estilo surreal e informal que ha buscado por años.

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