Cuando el ‘show’ finalice

#Opinión
15/06/2026
Por: José Vargas
Odio el fútbol de la FIFA, odio lo que hace Infantino y su impostura de jefe de Estado, su desprecio por las clases populares, su cara casi inexpresiva y ese embeleco que ha armado para que el fútbol sea hoy parte de la industria del entretenimiento igualándolo con el cine hollywoodense y a los ‘reality’ de modelos desconocidas. El fútbol que ha creado la FIFA es un bodrio asqueroso digno de sepultar para siempre, una mácula horripilante que no se parece en nada a esa historia poderosa de identidades nacionales, de méritos deportivos y de tradiciones populares que merecían ser contadas como lo hizo Galeano; no para hablar de fútbol, pero sí de los ethos de Sudamérica.
En verdad odio a la FIFA, la odio. Espero que Infantino se vaya, que la televisión y su industria saquen sus manos de las canchas y que ESPN deje que el fútbol hable y no seis o más “analistas” me digan si fue roja o no y hasta si fue gol o no. El deporte, el que sea, es un espejo de realidades sociales y el fútbol es popular, barrial y comunal. Nunca se debió permitir su mercantilización, pero, ante todo, nunca la FIFA debió tomar tanta fuerza hasta convertirse en el país sin territorio más poderoso del planeta.
El espectáculo tiene la horrible virtud de desplazar las alegrías legítimas e impone falsedades, como que la bebida negra, carbonatada y azucarada gringa puede quitar la sed, no, esa cosa no quita la sed. Eduardo Galeano dijo que el negocio del fútbol desterró para siempre a la belleza, como si ese deporte de los años 30 y que sobrevivió intacto hasta los 70 y quizás hasta los 80 hubiese sido una forma de poesía. Y claro, él era uruguayo, era dueño de la epopeya de 1930 y de 1950 en donde, a decir verdad, Uruguay no venció a Argentina ni a Brasil, en realidad acabó con la supremacía europea y el fascismo de Mussolini.
Yo crecí con una biblioteca que mi padre llenaba de libros a fin de mes, con mi inocencia de niño sin internet, sin redes sociales, sin televisión y que jugaba a la pelota con niños en las calles de mi barrio, agarraba una enciclopedia y la devoraba, tomaba libros del maestro Gabo y con gran esfuerzo los leía, había dos de color marrón que me contaban la historia del deporte más hermoso del planeta, el fútbol. Veía la grandeza uruguaya de los Juegos Olímpicos de los años 20, las graderías de Brasil 1950 abarrotadas de obreros, a los chilenos del 62 festejar en las calles un tercer lugar y a una reina dar el Jules Rimet a uno de los suyos mientras sonreía impunemente, porque los hinchas en los pubs sabían que el gol no había sido.
Crecí viendo en aquellos libros el folclore de las clases populares construyendo identidades, crear palabras, hacer juntanza, sentir orgullo porque por primera vez eran parte de algo. Desde muy pequeño admiraba gente que no conocía y algunos ya habían muerto. Aprendí a abrazar al negro, al cojo, al indígena, al mulato y al que fuera mientras una pelota rodaba. Nunca se me ocurrió considerar que “negro” era motivo de insulto porque la gran virtud de aquellos libros era mostrarme el mundo como era, sin calificar pieles u orígenes, solo hablaba de talento y de fútbol. Yo me vine a enterar que el inmenso Varela era negro muchos años después y no me importó. Creo que no soy racista por ese deporte, por esos libros.
Ahora los degenerados de la FIFA deben hacer campañas contra el racismo, la xenofobia y la homofobia, porque sus boutiques -en otrora llamadas estadios- se llenaron de miserables esnobistas, fascistas, instagramers y gente llena de odio que va a ese lugar -que antes era sagrado- para tomarse una ‘selfie’ mientras luce una camiseta de cien dólares fabricada por esclavos en Filipinas. La vulgaridad desplazó a los obreros de las canchas inglesas, en Francia los intelectuales no están en las graderías, ahora está la clase media parisina que odia al negro mientras su selección nacional ganó un mundial con once negros, en España los pequeños burgueses aplauden mientras ven al rey en su palco del Bernabéu entregar una copa a un equipo que viste de blanco y que siempre lo gana todo.
Qué vulgar es el fútbol que pregona la FIFA. Y digo fútbol no a lo que sucede en la cancha, sino a lo que le han hecho para que la rueda de los miles y miles de millones siga girando, para que empresas multimillonarias sean cada día más ricas, para que las grandes cadenas televisivas con sus empalagosas transmisiones cercenen las emociones y casi que conviertan una final de un mundial en un asqueroso ‘reality’.
A mediados de los 90 el fútbol murió para siempre y nació el engendro que fecundó la FIFA. La televisión se dio cuenta del negocio, metió las manos, vinieron las suscripciones, la compra de derechos de transmisión y todo se hizo mierda mientras yo jugaba en un barrio a la pelota lleno de ilusiones por aquel carnaval que crecí viendo en esos libros. Los clubes de fútbol en Europa empezaron a recibir utilidades por las transmisiones, nacieron las superestrellas que eran exhibidos como ganado de alta calidad, los patrocinadores inundaron las camisetas y la gente corrió en masa a las tiendas para comprar lo mismo que lucía el 10 de este o de otro equipo.
Para 1995 el mercado de pases liberalizó el fútbol, una especie de mercantilización explotó y con ellos aparecieron los delanteros que ganaban salarios exorbitantes. Europa creó ligas con modelos de calzoncillos que manejaban Ferraris y salían con la más popular de las pasarelas, aparecieron las bebidas milagrosas, las camisetas para gente aspiracional, los bancos estampados en uniformes, los jets privados, las fiestas escandalosas en el Mediterráneo, los mafiosos, los jeques árabes, los reyes y reinas posando con Infantino y se crearon redes de corrupción para ganarse un mundial, una final o lo que fuere para que la FIFA les diera un pedazo de ese suculento pastel.
En este mundial de fútbol organizado por la pútrida FIFA cubren con lonas las casas de gente empobrecida en las colonias más vulnerables de Ciudad de México. Ponen vallas, muros y publicidad para tapar esa pobreza que avergüenza, esa pobreza excluida del fútbol, esa gente que antes colmaba las gradas y que ahora debe ver los partidos por televisión. Las selecciones blancas europeas pasan por las calles de México viendo letreros de bienvenida en sus idiomas raros tapando la casa de la señora Inés o de Facundo que venden frutas en las calles y tacos en las esquinas.
La FIFA siente vergüenza de ese pasado obrero del fútbol, de ese cemento aún fresco del Monumental de Montevideo a minutos del primer partido, del silencio sepulcral del Maracaná en 1950 jugado por negros y sudacas, de la fiesta de los magiares en 1954, de aquel baile en Estocolmo en 1958 de un tal Pelé, de un Eusébio en 1966 que a punta de patadas y de un arbitraje corrupto lo doblegaron. La FIFA siente vergüenza de México 1970 porque otro equipo europeo no podía contra los negros del sur, de un tal Kempes que se comió vivo a los holandeses y de un Maradona que se cobró las Malvinas y le dijo corrupto a Havelange.
Le dieron el mundial a Estados Unidos porque el FBI se inventó el ‘FIFAGate’ para decirle a Infantino y a sus secuaces que los gringos ahora querían todo el pastel y el calvo miserable corrió a delatar a sus compinches e hizo un pacto con Trump. En México cubren con lonas de colores a la pobreza, en Estados Unidos están sacando de las calles a los drogadictos y ‘homeless’ (en inglés para que suene más bonito) para que los turistas no vean sus “miserias”, a sus 35 millones de pobres y 8 millones de adictos, a su fracaso social.
El obrero mexicano que colmó las graderías del Azteca en 1970 y 1986 no podrá ir al evento de 2026 porque no puede pagarlo, porque las entradas son para otra clase de espectadores, una nueva y muy fría. El gringo promedio no sabe que habrá un mundial, no sabe qué es el fútbol porque ellos juegan béisbol y en sus ratos libres una cosa rara que llaman soccer, sus obreros tampoco irán al mundial porque en las gradas estarán modelos, cantantes y nuevos ricos, los mismos que se interesaron por el fútbol en Miami porque un tal Leo Messi ahora juega allí y entonces se volvieron hinchas de un deporte que no entienden, que no sienten y que la camiseta que visten terminará en un cesto de basura cuando el “show” finalice.
*Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición del medio.

