Cuando los sueños terminan en estadísticas

Cuando los sueños terminan en estadísticas

#Opinión

21/11/2025

Por: Alejandra González

Lxs niñxs. Lxs niñxs reclutadxs. Lxs niñxs reclutadxs por los grupos armados ilegales. Lxs niñxs en Colombia sin gobierno, sin derechos, sin Estado. Lxs niñxs deformados en los pensamientos de lxs otrxs. En esos pensamientos o en la historia mal contada que no lxs tiene en cuenta porque no llevan nombres, ni geografía, ni sueños; no existen, no son nadie, no importan tanto.

En una época figuraban en los relatos como ‘necesidad para el combate’. En otra como ‘mano de obra barata para el conflicto armado’. En una memoria más reciente como ‘máquinas de guerra’. Por estos días: ‘nuestros menores combatientes’, ‘nuestros daños colaterales’. Lxs niñxs, víctimas de reclutamiento forzado ¿qué obtienen a cambio? Solo el polvo, la luz cegadora del mediodía, las balas, las bombas; el silencio horrendo de la guerra que se libra lejos de nosotrxs, de las cámaras; lejos de los titulares, lejos de cualquier cosa que se parezca a la indignación sincera.

Lxs niñxs, que no son de nadie, ni de sus madres, ni de sus comunidades, mueren en las absurdas guerras con una regularidad que espanta. En este país —en esta mierda de país— mueren por balas perdidas que nunca están realmente perdidas; alguien apretó el gatillo, alguien fabricó el arma, alguien dio la orden; un sicario, un comandante, un ministro, un presidente.

También mueren por el hambre que llega después, cuando los campos están minados, las carreteras destruidas y las madres no tienen nada que dar excepto el pecho seco y la tierra negra. Mueren, sobre todo, porque en algún momento alguien decidió que su muerte era un costo aceptable, un daño colateral, un número en un informe más. Mueren porque quizás son campesinos, indígenas, afros o pobres. Mueren porque a los señores de la guerra les parece que sus vidas, como diría Galeano, ‘cuestan menos que la bala que los mata’.

Lo que no se dice —lo que se dice poco— es que matar a una niña o a un niño en una guerra no es un simple y llano accidente. Es una elección. La elección de reclutar o de disparar el misil sabiendo que ahí abajo hay escuelas. La elección de sitiar un municipio o corregimiento sabiendo que allí hay niñeces que no entienden por qué hay soldados con exceso de fusiles frente a sus casas. La elección de dejar familias incompletas y con un dolor visceral y permanente a las madres, sobre todo. La elección de llamarle ‘operaciones contra los grupos armados narcos’ también implica reconocer lo que ha pasado en Guaviare como lo que es en realidad: una masacre con apellido y tarjeta de identidad.

Y algunxs, desde la comodidad atroz de sus casas y de su orilla ideológica, miran las noticias con el ceño fruncido, dejan un comentario indignado en las redes sociales; justifican la cultura de la barbarie y de la muerte —por el bien mayor —, porque lxs niñxs que mueren en esta guerra inacabable no tienen nombre —no para ellxs, no para lxs cómodxs— y porque la distancia que nos separa de ellxs —de lxs niñxs — es un anestésico perfecto.

Porque es más fácil hablar de ‘crisis humanitaria’ o de estar ‘en el marco del derecho internacional’ que de una niña o niño específico, con una risa específica, que tenía sueños, amigxs o cosas por contar, y que ahora está muertx debajo de la tierra de todo el país que nunca fue, ni será suya.

El entramado de la guerra tiene esta particularidad situada: convierte a lxs niñxs en estadísticas antes de que puedan, siquiera, ejercer su derecho a soñar. No hay moraleja en esto. No hay consuelo. No hay justificación, nunca la habrá. Solo la certeza inacabada de que seguirá pasando mañana y pasado mañana. Aquí, en Siria o en
Palestina —porque siempre termina pasando en todas partes— y ojalá nos preguntemos sin ingenuidad: ¿cómo es que no hicimos nada?

Mientras tanto, en el subsuelo de esta guerra que no termina, en ese lugar donde nadie quiere mirar —porque hacerse cargo de la propia mirada duele demasiado— hay madres y mujeres que navegan constantemente en la hondura del dolor. Mujeres que documentan cada niñx desaparecidx, que denuncian en tribunales donde nadie las escucha, que gritan en plazas lo que todo el mundo sabe, pero nadie quiere nombrar: que en este país se siguen robando las infancias y sus futuros con la misma naturalidad con la que se cosecha café o se prende el televisor.

Ellas, que tienen esa capacidad inexplicable de mirar lo terrible. Ellas, que forman resistencias con sus cuerpos, que dejan mensajes en los muros, que gritan las verdades que a todxs nos resultan incómodas. Ellas, con su única arma: la obstinación feroz, brutal —para muchxs casi irracional— de negarse a aceptar que una niña o un niño nazca en este país para la guerra.

Para ellas y su digna rabia, también va la suma de estas palabras, que ojalá sea siquiera, una metáfora decente a un duelo colectivo. Porque ellas saben algo que el presidente, los comandantes y los ideólogos que mantienen el conflicto nunca entenderán: que una hija o un hijo no es simplemente una estadística, no es un guerrillero o un mal llamado delincuente más, es una vida que vale más que toda su guerra. Y eso, en medio de tanta muerte, de tanta atrocidad y tanta pérdida; esa lucha persistente por la dignificación de la vida como acto de belleza, sigue siendo hasta el sol de hoy, un nacimiento: su propio acto de rebeldía.

*Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad de la autora y no necesariamente reflejan la posición del medio.

Alejandra González

Alejandra González

Comunicadora de la dignidad, la memoria y la paz. Artista de vez en cuando, hace fotos porque sí, porque no y por si las moscas. Defensora de derechos humanos y una mujer siempre en contra de la barbarie y lo injusto. Cree fuertemente en cuidar y cultivar el pensamiento, las palabras y los afectos.

Compartir