De dónde vengo yo

De dónde vengo yo

#Relato

15/07/2026

Por: José Vargas

Hace unos días un amigo me preguntó por mi país, Colombia, por la suerte política de los próximos cuatro años y yo lo miré con desdén, como el que no quiere algo, pero no puede evitarlo. Aquí en Argentina me he esforzado por no hablar mucho de política, una cosa es hacerlo en tu país y otra viviendo en el extranjero porque nunca se sabe cómo tomarán las palabras, si me meterán en problemas o me sacarán esa tranquilidad tremenda con la que vivo en una isla a medio camino a la Antártida en donde estoy casi refugiado desde hace unos años.

No le respondí nada, parecía que era frustrante para él, quizás esperaba algo diferente de mi parte, pero se tuvo que conformar con mi cara y una mueca de no voy a decir una sola palabra. Al día siguiente me volvió a tocar el tema y mi reacción fue la misma, fui toscamente evitativo, levanté una muralla infranqueable en una conversación que se terminó antes de empezar. Hoy en la mañana hablando por medio de la virtualidad con una chica que lleva el sol en sus ojos, me preguntó algo que me hizo reflexionar. ¿De dónde eres?

Esa pregunta está relacionada con el lugar de nacimiento, es lo más probable que la gente piense con esa interrogante, pero para mí tiene un sentido más íntimo, yo no sé con certeza de dónde soy, sé en qué lugar fui parido, en Colombia y sé en dónde volví a resurgir, en Argentina. Cuando uno es migrante vive azotado por ese mar incontrolable de no saber de dónde se es porque uno termina siendo de aquí y de allá.

No sé de dónde soy –pensé al leer la pregunta– soy de un mundo venido a menos, pertenezco a una especie altamente destructiva que tiene la virtud de la supremacía y al mismo tiempo de dividirse hasta la muerte. Creo que soy un latinoamericano, esa es mi patria grande y lo será hasta el día de mi muerte, porque una nacionalidad me reduce a unas fronteras que no deberían existir, que nos han costado vidas, esfuerzos inútiles, orgullos nacionalistas criollos, chovinismo idiota y hasta aspiraciones por ser blanquitos en un continente de morochos cumbieros.

Pero desde luego nací en un lugar, nací en la Colombia horrible de los años 80. Nací en un país desesperado y desesperanzado por la guerra infinita, mis ojos vieron al mundo cuando el Palacio de Justicia ardía en llamas, con los cañonazos reventando los cristales, con el papel de los expedientes más importantes del país volando por los aires, con las ráfagas de fusil detonando la Plaza de Bolívar mientras todo el país lo veía por televisión como si fuera un “reality show”. La violencia en Colombia es un espectáculo que se sirve crudo a las siete de la noche por el noticiero mientras la familia lo observa por el televisor, hasta el punto de normalizarlo a niveles descarados. La sociedad colombiana no puede sobrevivir mucho tiempo sin su dosis de violencia en vivo y en directo.

Mi madre me amamantaba cuando, a muy pocos kilómetros de distancia, una avalancha se llevaba al carajo a más de veinte mil de los nuestros, despellejando calles, volando iglesias, triturando carne y hueso, quemando con lodo caliente niños, niñas y ancianos, matando el inicio de la vida y la herencia cultural de un solo zarpazo. La avalancha que no vi –pero cuyo barro solidificado, que contenía los restos de todo un pueblo, pisé años después– sirvió para sepultar la toma y retoma del Palacio de Justicia, porque en Colombia una tragedia se tapa con otra. Somos un país de tragedias necesarias.

Siendo un niño vi el dolor de los bombazos de Escobar y el Cartel de Medellín, la televisión me mostró al padre de Paola Téllez gritar incontrolablemente al encontrar el cuerpo de su hija despedazado en la zona de Galerías, yo tenía ocho años y vi una masa amorfa que un día fue una criatura como yo. Mi madre corrió apresurada a apartarme del televisor, pero ya lo había visto, vi a una niña muerta por una bomba de Pablo Escobar. Mi madre me dio unos carritos para que jugara mientras seguía con los deberes de la casa. Esa tarde jugué cerca de la biblioteca al carro bomba mientras lanzaba babas para todas partes simulando el ruido de la muerte que se encarnizó con mi país y aún no lo suelta.

Vi por televisión instalarse una Asamblea Constituyente que prometía la paz, nunca llegó. De niño vi al Cartel de Cali poner un presidente de la República, vi una silla vacía en medio de un poblado selvático que nos costó la paz y la vida de miles de jóvenes. Escuché, vi y sentí las tomas guerrilleras infernales, de niño vi un helicóptero ametrallar una montaña por donde huía la guerrilla y siendo adulto cargué comida para llevar a una población que fue tomada tres veces en menos de un mes. Me enteré de las masacres paramilitares, verdaderas orgías de sangre perpetradas contra negros, indígenas, campesinos y gente humilde, con la complicidad del Estado.

A los 14 años vi por televisión una camioneta detenida sobre una calle concurrida de Bogotá, adentro estaba mi superhéroe acribillado a balazos por sicarios enviados por la extrema derecha que no soportó la crítica y la silenció. Años después la siguen silenciando con falsedades en contra de ese héroe criollo que amo porque de alguna manera me liberó para hoy ser lo que soy.

El día de su asesinato se me ocurrió que ser periodista era una buena idea, aunque años atrás había decidido ser escritor cuando vi a García Márquez salir exiliado por la violencia política de Colombia para nunca más volver a su Macondo. Soy doblemente masoquista, periodista en uno de los países más violentos del mundo para el periodismo y escritor en un país que casi no lee. Escribo esto de la nada, si ha llegado hasta aquí leyendo estas líneas esperando un final o una justificación bien formada para este texto que es cualquier cosa, lo lamento mucho. No sé si fue la pregunta de mi amigo por el futuro político de Colombia o de esa chica de ojos encendidos sobre mi nacionalidad, no lo sé, pero entiendo que debía escribirlo.

No espero nada del futuro político de Colombia, yo perdí la fe y la esperanza de vivir en paz algún día, de no matarnos por miedo a la diferencia, por un pedazo de tierra o por la razón que fuera. Soy de un país del que Borges dijo que ser de allí es un acto de fe; una tierra que añoro, pero que cada vez me es más distante. Termino de escribir este texto viendo unos ojos por medio de un teléfono, diciéndole a mi amigo que pronto verá publicada la respuesta a su pregunta y observando en mi correo un mensaje que me anuncia que pronto mi pasaporte tendrá un Sol de Mayo en su cubierta.

José Vargas

José Vargas

Estudió periodismo para preguntar porque nunca entiende nada y no sabe nada, por admiración a Jaime Garzón y por creer que alguien tiene que contar la historia. Por convicción es cuentista y novelista, más y mejor lo primero que lo segundo. Escribió su primera novela inspirado en el Llano colombiano e influenciado fuertemente por el tiempo, el territorio y el realismo. El susurro de las tripas fue publicado en tiempos de pandemia con Nueve Editores, editorial con la que repitió su segunda novela, El peso de la guitarra. Desde inicios del año 2023 vive en Argentina, en donde escribió su nueva novela Las tareas de Simón, un acercamiento al estilo surreal e informal que ha buscado por años.

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