El beso del fin del mundo

El beso del fin del mundo

#Cuento

30/10/2025

Por: José Vargas

Lautaro miraba a los ojos de Fiorela. Lo hacía con un amor desmedido, de esos que se sienten una sola vez en la vida. Estaban frente al mar, en lo profundo el sol iluminaba un canal de aguas cristalinas y gélidas y atrás de ellos las montañas salpicadas con nieve de otoño. Él declaró su amor mientras la tomaba de sus manos y luego se besaron suavemente, al cabo de unos segundos aceleraron con las lenguas agitándose con fuerza. Al otro lado del mundo unos oficiales operadores de armas nucleares se volvieron locos, se desconectaron de su mando y lanzaron varios dispositivos a diversas ciudades capitales.

Los chinos, gringos, rusos, ingleses y franceses se enloquecieron, sus líderes corrieron de aquí para allá, los militares enviaron sus aviones al aire, sus barcos al mar, sus tropas a correr para cualquier parte y los submarinos se hicieron muy silenciosos adentrándose en lo profundo de los océanos. Las llamadas telefónicas consultivas entre los líderes de las potencias mundiales se dieron por varios minutos, se culparon los unos a los otros, hubo gritos y amenazas mientras los misiles rebeldes volaban a toda velocidad.

Fiorela cerraba los ojos cuando él dejaba volar sus manos por su rostro, era una caricia casi invisible, se decían cosas al oído y sonreían. Sus manos estaban atenazadas por la voluntad del amor verdadero, habían esperado mucho tiempo para confesarse, para aceptarse y para decidirse que se necesitaban y estaban dispuestos a empezar a caminar juntos.

Uno de los misiles viajaba muy rápido con dirección a la capital de la primera potencia mundial, otro de ellos iba con rumbo a una gran ciudad de Asia y tres más a Europa. La crisis estaba tan desatada que de las llamadas preguntándose desesperadamente entre ellos quién había sido, pasaron al aislamiento, a la desconfianza más aterradora de la historia. En esos minutos tomaron decisiones y cada uno de esos hombres y mujeres poderosos apretaron los botones desatando el cataclismo de Damocles.

El mar a esa hora en las costas del sur de Argentina estaba más calmo que de costumbre, no había viento y algunas nubes estaban en el este con un color anaranjado haciendo que el amanecer cobijara a Fiorela y Lautaro en su primer encuentro en el que se prometieron la vida y se juraron amor eterno sin saber que nada dura para siempre. El segundo beso fue menos agitado, se rozaron los labios con lentitud y sonrieron, luego se miraron sabiendo que eran presa el uno del otro, se susurraron y luego se hicieron uno solo en un abrazo que duró muchos minutos. Estaba frío, muy frío, pero aquella felicidad contenida los mantuvo ahí en la misma posición en el ir y el venir de los besos primerizos que parecen eternos.

Fiorela supo que estaba enamorada de Lautaro dos semanas atrás, cuando de tanto cruzar miradas ella grabó en su memoria los ojos de él como el recuerdo más perdurable de sus noches y de sus días. Lautaro supo que estaba enamorado cuando un día en un salón de clases miró el cabello ensortijado de Fiorela balancearse por aquellos aires australes. Fueron escasos días, pero para ellos fue una eternidad todo lo que sucedió antes de ese primer beso.

Habían estado en esa playa muchas veces, él lo hizo por primera vez a los pocos meses de nacido, sus padres lo llevaron para que recibiera un baño de sol veraniego en un día de enero. Ella estuvo por primera vez en ese lugar cuando tenía cinco años, era la primera semana de su familia en la última isla del mundo habitable, su madre y su padre habían decidido migrar a ese lugar en busca de un mejor futuro para ellos y para su pequeña Fiorela.

Un año antes del primer beso los colegiales fueron a caminar a ese lugar, lo hicieron con todo su salón de clases, su profesor les habló de biología, del clima, de los animales, de los glaciares, de la evolución, incluso hubo reflexiones filosóficas sobre la existencia y nadie puso atención. Todos estaban mirando aquí o allá, persiguiendo miradas juveniles de algún amor contrariado, hablando entre ellos de cualquier cosa y Fiorela con Lautaro tomando mate ignorando que un año en el futuro iban a estar enamorados en esa misma playa y encontrándose en un beso para toda la vida.

Con el paso del tiempo y tras las miradas que le confirmaron a cada uno el amor por el otro, habían decidido ir a contemplar el amanecer en una playa alejada de la ciudad, lo hicieron en el auto de la madre de Lautaro, se fueron tras una fiesta que duró hasta bien entrada la madrugada y en la que ambos estaban desesperados por esa sensación que los llevaba a galopadas a vivir en los ojos del otro. Llegaron justo cuando el sol empezaba a salir, dejaron la radio encendida y se fueron a caminar por la playa que estaba más helada que de costumbre.

Desde el auto la escena era la de dos jóvenes besándose frenéticamente en la playa, tomados de las manos, diciéndose, susurrándose, abrazándose y con sus manos buscando y buscando en las carnes del otro. Tenían 17 años y en esa madrugada de abril hicieron planes para toda una vida, se prometieron que irían todos los años en el mismo día de abril para repetir aquel momento inmarcesible hasta el último de sus días, incluso él le dijo a ella que iban a caminar con sus hijos mirando el amanecer del otoño, mientras el rojo de las montañas cobraba vida con los primeros rayos del sol.

La radio encendida en el auto que los había llevado a esa playa había empezado a interrumpirse constantemente con la voz de periodistas, se preguntaban entre ellos lo que estaba pasando, había fallas en el internet y las principales cadenas mundiales de noticias interrumpían sus transmisiones para decir que algo muy grave estaba ocurriendo. En menos de treinta minutos todo era caos, mientras ahí, en esa playa, el mundo de Lautaro y Fiorela era uno solo, uno en el que el único ruido era el de sus respiraciones agitadas y de sus besos apresurados.

Lautaro le pidió a Fiorela que caminaran a una roca gigante que sobresalía en la playa para ver mejor el amanecer, en realidad lo hizo porque no quería regresar, quería estar más tiempo junto a ella. En la radio un periodista leyó un comunicado en el que decía que el mundo entero se estaba atacando entre sí, o al menos, las grandes potencias lo hacían y nadie sabía ni el cómo ni el porqué. Hubo gritos en la radio, al mismo tiempo Lautaro y Fiorela se dieron el beso más largo de todos sobre la roca y en el horizonte hubo luces púrpuras, raros destellos, luces extrañas nunca antes vistas, mientras que, en el auto, la estación de radio con los periodistas desesperados se fue silenciando para siempre.

José Vargas

José Vargas

Estudió periodismo para preguntar porque nunca entiende nada y no sabe nada, por admiración a Jaime Garzón y por creer que alguien tiene que contar la historia. Por convicción es cuentista y novelista, más y mejor lo primero que lo segundo. Escribió su primera novela inspirado en el Llano colombiano e influenciado fuertemente por el tiempo, el territorio y el realismo. El susurro de las tripas fue publicado en tiempos de pandemia con Nueve Editores, editorial con la que repitió su segunda novela, El peso de la guitarra. Desde inicios del año 2023 vive en Argentina, en donde escribió su nueva novela Las tareas de Simón, un acercamiento al estilo surreal e informal que ha buscado por años.

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