El descontento
Beatriz Serrano

#Reseña
11/09/2025
Por: Laura Benavides
A veces, el hartazgo no grita. A veces se parece a eso: al silencio educado con el que respondemos “sí, claro” a una solicitud por correo a las 9:45 de la noche. Y es que esta escena ya la hemos vivido: oficinas llenas de contratos por prestación de servicios, vacaciones mentales que duran dos horas. Escritorios que no tienen dueño. Hoy estás aquí, mañana quién sabe. Sillas ergonómicas que no sirven para nada, pero son bonitas en la foto institucional. Frases motivacionales escritas en papelitos de colores que hablan de “cultura organizacional” y ambientadores que tapan el olor a cansancio. Se habla bajito, se piden favores con diminutivos, se repite “qué pena molestarte” como un mantra, y de vez en cuando alguien suelta el sermón de lo importante que es ponerse la camiseta por la empresa: ese gesto que parece noble, pero que no es más que el comienzo de regalar horas a cambio de un salario que nunca alcanza.
Sucede en Bogotá, pero también en Cali, Villavicencio o Tunja. Edificios enteros que funcionan gracias al miedo a perder el contrato. Gente que no enferma por precaución, que no discute por protocolo. A nadie le gusta hablar de precariedad. Es una palabra larga, pesada. Mejor decir que estamos echándole ganas, que hay que ser agradecidos, que no está tan mal. Al fin y al cabo, nadie llama a esto opresión. Es trabajo. Nadie lo denuncia. Se agradece. Porque, en el fondo, siempre puede ser peor.
Beatriz ha escrito sobre su experiencia laboral y la ha mostrado tal como es: una maquinaria silenciosa de desgaste. Habla de la ansiedad, del insomnio, de la tristeza que no tiene causa visible. De esas mujeres que siguen yendo a trabajos de mierda, maquillando su fatiga con iluminador, posteando frases de Simone de Beauvoir en Instagram. De aquellas que siguen convencidas de que algún día todo valdrá la pena, aunque nadie sepa qué significa “todo” ni cuándo llegará ese día.
En El descontento no hay salida. No hay consejo final. No hay solución. No hay ese tipo de belleza salvadora. Y por eso duele más. Porque lo que Beatriz retrata no es una crisis individual, sino una estructura que fabrica la angustia como norma. Y quizá ante esto lo único que podamos encontrar sea una práctica simple y clara de ternura al decir: “me pasa esto, ¿a ti también?”. Un gesto que, aunque peligrosamente sincero, trae en su tono toda una forma de resistencia. Y sin embargo, el libro no es del todo desesperanzador. Al contrario, en su negativa a fabricar consuelo, en su decisión de no disfrazar el dolor, hay una forma de integridad. Un gesto ético. Un modo de decir: esto es lo que hay. No es bonito, no es inspirador, no es vendible, pero es real. Y vale la pena decirlo.
Así es como este libro, en su insistencia en el desajuste, en el desgano, en el no poder más, dice algo crucial: yo no me adapto, yo no quiero, yo no puedo. Y eso no es un fallo personal: es un síntoma político.
Aquí Beatriz ha dejado que el cuerpo hable. Y el cuerpo dice: ya no puedo más.

