El día de las Naciones Unidas

#Relato

13/03/2026

Por: José Vargas

De joven participé en unas reuniones donde jugábamos a las Naciones Unidas (ONU). Era algo divertido porque los profesores no daban clases y nos metían en un salón para que hiciéramos lo mismo que hace la ONU en sus asambleas, hablar. A decir verdad, las reuniones eran muy protocolarias, nos asignaban roles y ensayábamos con anticipación, decoraban el salón con banderas y hasta micrófonos ponían en cada uno de los asientos. Una profesora, Graciela, era la encargada de todo el evento que se hacía una vez al año y se justificaba como una forma de enseñanza de las acciones colectivas, la democracia, la justicia y la llamada paz.

A mí me encantaba participar porque siempre me ha gustado hablar, incluso más de la cuenta, me sentía cómodo vestido de saco y corbata a mi edad escolar y nunca fue un juego, yo realmente creía en ese simulacro que hoy catalogo de idiota, pero no me juzguen, lo hice tres veces de los 12 a los 15 años y a esa edad uno merece hacer de todo, hasta figurar en cosas sin sentido.

Graciela un mes antes reunía a los participantes voluntarios que casi siempre rondaban los 50 o 60 para que nos repartiéramos la representación de los países y, desde luego, la mayoría quería ser Estados Unidos. Había una niña obsesionada con ser Rusia, que por aquella época no era el país que actualmente es, era la Rusia que ensayaba nuevas formas políticas y que apenas se levantaba de la caída del muro de Berlín, acontecida doce años atrás. Un amigo, Nicolás, siempre pedía ser el Reino Unido y yo, que he sido un soñador romántico desde siempre, levantaba la mano para decir que quería ser Francia.

La asignación duraba horas, la pelea por ser Estados Unidos era tremenda, incluso un día tres personas se fueron a las manos porque ellos querían ese papel. La maestra intervino y les asignó países africanos como “castigo”. Una joven que vivía cerca de mi casa no se ponía con cosas rebuscadas, ella pedía ser Colombia y pasaba al frente a recibir la banda del país –que en realidad era el de todos nosotros– pero que nadie quería representar. Desde joven parece que uno quiere huir de su realidad.

Otro compañero, uno de apellido Calvo y que además estaba subido de peso y sin querer serlo, le asignaban China, incluso Graciela se reía cuando veía al alumno recibir la banda roja con estrellas amarillas de ese país de Asia y del que sabíamos muy poco en aquel entonces. Ignorábamos que pronto se iban a convertir en la primera potencia comercial del mundo y para nuestra vida adulta 9 de cada 10 cosas que hay en una casa vienen de China, la China de mi amigo gordo y de apellido Calvo que no quería ser ese país, pero que no protestaba.

Había uno, no recuerdo su nombre, que siempre pedía ser Alemania; hablaba con acento alemán y lo hacía en serio mientras todos nos reíamos. Hubo un día en que aprendió un par de palabras en ese idioma y todos quedamos serios y expectantes. Lo demás era rutina, para mí lo bueno era que nadie se peleaba por ser Francia y yo nunca quise ser Estados Unidos. Graciela pactaba la fecha, nos entregaba documentos que debíamos estudiar con total seriedad para formular ingeniosas soluciones a los principales problemas del mundo.

Llegaba el día y algún bravucón que había ganado ser Estados Unidos por la única virtud de hablar duro o por caerle bien a Graciela empezaba primero y era una figura de autoridad sin que nadie supiera por qué. Lo primero que hacíamos era elegir el presidente, vicepresidente y secretario de la Asamblea General Estudiantil del Modelo de las Naciones Unidas, una especie de pantomima ridícula de algo que nunca sucede ni sucederá en el mundo.

No dictaban clase en todo el día, la profesora Graciela tomaba varias siestas mientras los estudiantes jugábamos a solucionar todo lo que está mal en el mundo. Uno que otro se peleaba, había algunos insultos, varias veces notas de amor colegial cruzaron por debajo de las mesas, nos daban empanadas con Colombiana y a las 4 de la tarde, ya con los esfuerzos hechos trizas nos levantábamos y entregábamos un documento que nadie supo donde iba a parar o qué hacían los profesores con él.

Por participar en aquella farsa nos ganábamos la nota más alta en una materia que se llamaba Democracia y en la siguiente izada de bandera a los 50 o 60 del absurdo nos ponían al frente y nos aplaudían. Hasta que un día dejé de participar y fui de los que aplaudían a ese grupo que no sabían lo que hacía y creían –o en su momento creímos– que el mundo era algo así, que la vida adulta se resolvía de esa manera y que todo se solucionaba por la voluntad de las palabras sin saber que todo es movido por la codicia de aquellos que tienen demasiado y quieren más.

Dejé de creer en la democracia y viví el romance de la revolución, la quise hacer e incluso la busqué para ser parte de ella. Fui expulsado del colegio por perder muchas materias, terminé en la nocturna porque era un vago sin remedio, porque escribía proclamas de libertador, porque quería meterles en la cabeza a mis compañeros y compañeras para que fuéramos otra cosa. Me hice en un balcón del colegio a las 8 de la noche y lancé un discurso contra el modelo educativo. Se desvió del camino, Vargas, me dijo un profesor mirándome a los ojos.

En medio de la situación que vive actualmente el planeta muchos se han preguntado para qué sirve la ONU o qué puede hacer para solucionar de una vez por todas problemas como la guerra. La respuesta más simple es nada, porque lo que no entendimos en el colegio mientras jugábamos a ser los miembros de esa organización es que mi compañero de apellido Calvo (China), mi amigo Nicolás (Reino Unido), la chica que siempre quiso ser lo mismo (Rusia), el bravucón (Estados Unidos) y el romántico empedernido, es decir, yo (Francia) no pudieron hacer nada entonces ni pueden hacerlo ahora porque esos países que representaron son los que deciden por todos y todas en el mundo.

Estamos acudiendo al desastre y quizás nuestra generación, la misma que jugó a la ONU lo vea y lo viva en primera persona. Esa organización maniatada por las corporaciones, por los bancos, por las farmacéuticas y por tres o cinco familias que se creen descendientes de alguna raza superior, nada puede hacer para salvarnos del cataclismo de Damocles. Por lo pronto, mientras escribo este texto, en el último rincón de la Tierra veo en un parque a un grupo de niños y niñas practicar para el día de las Naciones Unidas, lo hacen entusiasmados, sonríen, uno grita que le tocó Estados Unidos y otro cabizbajo dice que es China, y mientras los observo, al otro lado del mundo se cierne la guerra.

José Vargas

José Vargas

Estudió periodismo para preguntar porque nunca entiende nada y no sabe nada, por admiración a Jaime Garzón y por creer que alguien tiene que contar la historia. Por convicción es cuentista y novelista, más y mejor lo primero que lo segundo. Escribió su primera novela inspirado en el Llano colombiano e influenciado fuertemente por el tiempo, el territorio y el realismo. El susurro de las tripas fue publicado en tiempos de pandemia con Nueve Editores, editorial con la que repitió su segunda novela, El peso de la guitarra. Desde inicios del año 2023 vive en Argentina, en donde escribió su nueva novela Las tareas de Simón, un acercamiento al estilo surreal e informal que ha buscado por años.

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