El horizonte de lo imaginable

El horizonte de lo imaginable

#Opinión

08/07/2026

Por: Alejandra González

Quiero llevarme a todxs mis amigxs no tengo enemigxsa la sala de la risa, a conversar, a amarnos por encima de cualquier tragedia o diferencia. Quiero ejercer mi derecho a imaginar, a pensar de la mejor manera para lograr los objetivos inalcanzables…
Juan José Barreto.

Quiero llevarme a estos grandes amores siquiera a imaginar que el futuro nos sonríe.
Alejandra González.

Por estos días —con la tusa aún un poco viva por los acontecimientos electorales en Colombia— vi un video en el que la cineasta Lucrecia Martel compartía, desde la palabra, una reflexión que se desarrolla con base en la idea de que la incertidumbre es planetaria, y para contrarrestarla hay que empezar por la imaginación creadora: «Confíen en la imaginación de ustedes y en la que surge cuando se juntan con sus amigxs… Posiblemente el horizonte es oscuro, pero las posibilidades de enfrentamiento son infinitas».

Esto teje dentro de mí la idea de que la lucha por este futuro próximo también es por el derecho a imaginar y pensar como trinchera ideológica —como fundamento político—, y pelear por esto tiene que estar atravesado por seguir sosteniendo en el horizonte la microfísica del amor y la afectividad como práctica política, pues para esto también son alimento los gestos diminutos: el cuidado cotidiano, una palabra a tiempo, una manera de mirar a lxs otrxs, la escucha sostenida, la creación. Es en esta trama microscópica donde el vínculo afectivo realmente se construye, se erosiona y se imagina. Creo que seguir constituyéndolo nos abrirá la posibilidad del mañana.

Esta reflexión la traigo al presente desde dos experiencias que he vivido en los últimos meses y que, sin planearlo, han sido convulsas, arriesgadas y frenéticas. Por un lado, están mis amores —recordando a Lemebel y su «yo no tengo amigxs, tengo amores»—, con sus formas de habitar junto a mí el mundo, de imaginar nuevas posibilidades y retomar las ya conocidas para la acción. Gestando entre sí redes de cuidado callejero; conversando y construyendo cavilaciones juntxs para no sucumbir ante la idea del colapso como espectáculo neutralizador del pensamiento crítico; usando la risa como vehículo político para permitirnos sostener lo que parece muchas veces quimérico; creando gráficas desde la autogestión para poner en las calles espinosas. Disputarnos el sentido común del lenguaje, de las palabras, del propio debate, —aunque parezca mínimo— desde calcas, carteles, investigaciones y conspiraciones. Pienso en ellxs a la par de algo que hemos activado y nos ha permitido este amor político; las consignas históricas puestas desde grafitis en el Mayo francés del 68 como actividad constante: “prohibido prohibir” y “ser realista y pedir lo imposible”.

Por otra parte, están lxs niñxs con quienes hace un tiempo empecé —junto a otrxs amores— a desarrollar un laboratorio experimental de juegos ópticos, que ha sido un pretexto para potenciar precisamente eso a lo que apelo en este texto: imaginar, pensar y, de paso, soñar y desear, como derecho y práctica. Ellxs mismxs crearon un decálogo abierto de esa idea como política de nuestros encuentros. No les cuesta imaginar, no se dejan inundar de preconceptos y negaciones como lxs adultxs. Intentan otras posibilidades que les propician sentirse más libres y hacen pequeñas cosas para lograrlo — y por pequeñas no me refiero a no importantes—. No están pensando en cambiar el mundo y organizar las bases, pero sí se proponen practicar «el derecho a animar a lxs otrxs, a lxs amigxs», «el derecho a equivocarse» y el «derecho a intentarlo», todo puesto en práctica en lo cotidiano, dentro de un patio de colegio en las montañas del sur de Bogotá. En ambos escenarios se han gestado afectividades y razones para seguir andando.

Los traigo como ejemplo de la esfera íntima de mi vida para poner a circular esta idea: que la reinvención del mundo solo es posible con la reinvención del amor; si no sucede, no es una reinvención en absoluto. Ante esta necesidad, disputarnos precisamente la imaginación y el pensamiento tiene que facilitarnos el reinventarnos a nosotrxs mismxs junto a otrxs. Militar también desde los afectos y la confianza. Siempre, después de volver del agite de la calle, de la rutina, del desgaste y de las incertidumbres por venir —en este país de fracasos, amenazas y bellezas—, al final del día es la trinchera afectiva, —la de la ternura— la que seguirá sosteniendo los cimientos que se necesitan para cuidar lo que nos hemos ganado históricamente en las prácticas y nociones comunes.

Los fascistas siguen intentando cerrar nuestro horizonte de lo imaginable: quien controla lo pensable, controla lo posible. El futuro no es solo un proyecto institucional, sino una disputa por el sentido común, por el vivir dignamente. Si nuestra gente no puede imaginar otro mundo posible, entonces el mundo existente —con toda su injusticia— aparece como lo único pensable. Eso quieren hacerles creer a lxs otrxs que votaron por esa naturalidad en las pasadas elecciones del 21 de junio, y quizás a nosotrxs también. Por eso, esta pugna tiene una dimensión política que no debe perderse en los temores de estos días: el cómo nos tratamos y cómo cimentamos lo cotidiano moldea qué tipo de sociedad es posible, así como el modo en que la imaginamos y la soñamos. Recordemos que lo afectivo no es «lo privado» separado de «lo público»; es el tejido subterráneo desde el cual se sostienen o se rompen las posibilidades colectivas. Además, imaginar es una condición previa para la transformación social: si no se puede imaginar otra forma de organizar la vida en común, tampoco se puede luchar políticamente por ella.

Defendamos la imaginación y los afectos como trinchera y herramienta política urgente. Retomemos como acción permanente “la imaginación al poder”. No nos quedemos solxs para lo que viene. Frente a la incertidumbre —como propone Lucrecia—, sigamos intentando inventar un futuro que realmente nos guste en Colombia; construyamos la humanidad que deseamos, sin sucumbir ante el odio y la violencia que nos ha hecho tanto daño, pero apelemos a ser hermosamente violentxs, a defendernos, como decía Luisa Toledo: “de salir a la calle y ser capaces de estar contra todo lo que signifique este poder espantoso que nos tiene aplastadxs”. Gestemos entre amores lo que se pueda, pongamos en práctica la concepción de los derechos que imaginan lxs niñxs que conozco del sur de Bogotá y muchxs más. Nuestra lucha como apuesta política hacia el futuro también está presente en la revolución de la vida cotidiana.

*Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad de la autora y no necesariamente reflejan la posición del medio.

Alejandra González

Alejandra González

Comunicadora de la dignidad, la memoria y la paz. Artista de vez en cuando, hace fotos porque sí, porque no y por si las moscas. Defensora de derechos humanos y una mujer siempre en contra de la barbarie y lo injusto. Cree fuertemente en cuidar y cultivar el pensamiento, las palabras y los afectos.

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