La ciudad que un día murió

#Relato
16/09/2026
Por: José Vargas
Se acordó de que tenía que desayunar porque las tripas le sonaron, se acordó de que se tenía que bañar porque el pijama que traía puesto olía a vinagre y recordó que tenía un hijo que era todo lo que poseía, porque lo vio en una fotografía ubicada en la sala de la casa. La demencia senil llegaba por ratos, en ocasiones le duraba horas, otras veces los episodios eran de todo el día y había excepciones de solo un par de minutos. Aquella mañana se había levantado en medio de una laguna gris enorme, pero conforme se tomaba el primer café del día, uno espeso y bien caliente, la lucidez le volvió por completo. Tenía 84 años, vivía en un décimo piso y desde la silla podía ver parte de la ciudad.
Magnolia se asomó por el balcón que tenía una reja que su hijo instaló para que los gatos y un perro gris no se mataran, eso le dijo él a ella, pero en realidad todo era un plan para evitar que la vieja, en medio de sus ires y venires por los espejismos de la mente, terminara estrellada contra el pavimento de la calle Octava de aquella ciudad. Intentó desde las alturas ver a su hijo de camino al trabajo, pero no tuvo suerte, el hombre ya estaba lejos conduciendo su auto mientras oía la radio.
La mujer nunca conoció nada de aquel mundo, viajó siendo muy joven a ciudades cercanas, pero nunca más allá de aquel horizonte que el sol dibujaba en las tardes cuando la mirada se le perdía a lo lejos. Se preguntó muchas veces qué había allá donde el astro se ocultaba todos los días, pero nunca se atrevió a ir. Su hijo tampoco había viajado mucho; desde que salió de la universidad se le había pasado la vida cuidando a la vieja que cada día se acercaba al destino de todo hombre y mujer sobre la tierra.
En la radio del automóvil se escuchaba a un periodista pregonar un cambio político que lo favorecía a él y a sus jefes, a los empresarios que le pagaban su sueldo. Magnolia, en su casa, escuchaba un bolero que cantaba sin saberse la letra, o que se le había olvidado hacía unos años. La enfermera encargada de cuidarla estaba atenta para meterla a la ducha, sabía que todos los días la rutina era la misma. La vieja se sentaba, tomaba su café, se iba al balcón para ver a su hijo, volvía, escuchaba boleros y luego empezaba a caminar por un pasillo largo a medida que se iba desvistiendo hasta alcanzar el baño.
Eran las siete y media de la mañana de un 10 de agosto, aciago como pocos: los dos gatos estaban aseándose rigurosamente, el perro acostado en el balcón aprovechando los primeros rayos de sol, Magnolia iniciando su marcha ritual hasta el baño con sus carnes desprovistas de ropa y la enfermera tras ella para evitar alguna caída que le arruinara lo poco que le quedaba de vida. El agua salió tibia, no tanto, pero era justo como le gustaba. El hijo de la mujer había estacionado en un sótano oscuro, era como el vacío del espacio, casi impenetrable para aquel sol que ya se estaba poniendo furioso sobre las montañas de la ciudad.
Magnolia seguía cantando cualquier cosa y el hombre subía unas escaleras para llegar hasta su oficina. La mujer había olvidado lo que era un mareo, quizás el último que había sentido fue esa misma mañana, pero su mente ya no conectaba un recuerdo cercano con el presente. La llave de la ducha se alejó, el cuerpo de la mujer se descompensó y le gritó a la enfermera que se iba a caer, estaba tan lúcida en ese instante definitivo que hasta el día de su muerte esas sensaciones y el miedo aterrador nunca fueron borrados por la demencia. Su cuidadora gritó de manera estrepitosa al sentir la tierra moverse, al ver las paredes ir de un lado para el otro, al sentir una vibración, como un rugido que duró casi dos minutos durante los cuales la vida se encontró con esos segundos decisivos en los que todo se transforma en una nada miserable. Todo sucedió aquella mañana porque sí.
El rugido de la tierra parecía el de un avión mientras se caía y el colapso de los edificios similar al impacto de la aeronave contra el terreno. La enfermera bajó los diez pisos en menos de un minuto y al llegar a la calle se acordó de que cuidaba a una vieja que en ese momento estaba desnuda en una ducha. Volvió a subir mientras la tierra aún se movía, las escaleras en el ascenso eran más pesadas y la boca se volvía vinagre en poco tiempo, el corazón se sentía golpear el pecho y el agite de la respiración era apresurado como aquel movimiento de tierra que hizo añicos a la ciudad.
Magnolia estaba en el piso, empapada, gritaba en lenguas, algunos azulejos del baño habían caído, el espejo estaba roto, unas medicinas por el piso, el agua con orines del inodoro estaba corriendo por las uniones del enchapado con un ligero aspecto amarillo. La enfermera la llevó a la sala a los empujones, le volvió a poner el mismo pijama y la bajó hasta la calle casi dando tumbos. El hijo, el hombre que al otro lado de la ciudad subía unas escaleras que lo conducían a su escritorio, estaba muerto aplastado por lo que un día fue un edificio céntrico y poblado de oficinistas y tinterillos. Magnolia nunca iba a saber lo que le pasó a su muchacho y cuando le tocó el turno a ella de morirse varios años en el futuro, lo único que estaba en su mente era su madre en la infancia y el ruido de la tierra de aquella mañana de agosto.
La gente iba a levantar todo de vuelta, cada casa, cada edificio, pero nunca se yergue el espíritu de lo que un día fue y en ese momento terminó para siempre. Cada ladrillo es un instante, es un pasado que se iba en los camiones que cargaron escombros durante semanas. Cuatro paredes transforman un espacio, crean memoria, una casa es un vínculo con el territorio que se vuelve a hacer, pero bajo los nuevos cimientos queda la ciudad del pasado, esa que nunca podrá levantarse jamás sin importar las reconstrucciones. Ese día murió una ciudad y empezó otra. Para Magnolia tenía sentido ver a su hijo porque había un balcón.
La hija llegó de España, pasó casi un mes con su madre, acordó todo lo relacionado con las pocas propiedades de su hermano, dio en adopción a dos gatos y a un perro, contrató los servicios de un ancianato y todos los meses desde Sevilla, mandaba dinero para cubrir lo necesario de la cada vez más ausente Magnolia, que para ese momento no solo cantaba boleros, sino que se inventaba letras. Mientras su hija menor estuvo en la nueva ciudad alquiló una habitación de hotel para estar temporalmente con su madre, la vieja Magnolia buscaba un balcón, luego un pasillo para irse empelotando y finalmente un baño con azulejos, nada de eso estaba, todo era nuevo y no entendía nada. Un día salió en un taxi desde ese alojamiento para su ancianato que no tenía balcón, que no tenía altura para intentar ver a su hijo. Ese sería su lugar definitivo.
Por aquellos días corrió la solidaridad, hubo ayudas, promesas de reconstrucción, funerales, viudas, viudos, huérfanos y así como el tiempo se encarga de todo, los meses pasaron y las heridas se volvieron recuerdos y para otros fueron anécdotas que se contaban en un almuerzo de domingo o simplemente se llevaron por dentro, como una procesión hiriente, pero silenciosa. Algunos viven sus pérdidas de maneras diferentes, aunque hay algunos con suerte, como Magnolia que no recordaba nada, no se enteró de que su hijo murió, de que una hija viajó y se volvió a ir, ni de que una enfermera se quedó sin trabajo. Tiempo después, mientras se mecía en una silla en los pasillos del ancianato, recordó que no se había asomado para ver a su hijo rumbo al trabajo. Pasó horas yendo de un lugar a otro, no buscando a su hijo: buscando un balcón.

