La esquina de la memoria

#Cuento
01/09/2025
Por: José Vargas
Las ruedas de la motocicleta pisaron el hielo abajo de la calle Laserre, justo antes de llegar a Maipú y se deslizaron pocos metros, fue como en cámara lenta, en donde dos personas van como fingiendo la caída, pero en realidad van desbocados rodando, lacerándose hasta que terminaron estrellados contra un auto viejo estacionado ¡Puuum! Así fue el golpe seco en medio de la noche. No hubo testigos, solo dos perros que ladraron y un gato que salió espantado por los tejados al escuchar el accidente. Ella se llamaba Constanza y él Francisco. Eran amantes y venían de cualquier parte escondidos entre las sombras de la noche.
Cony, como la llamaban sus amigos, tenía dos trabajos que la ayudaban a pagar sus deudas y Francisco era un policía exageradamente corrupto. Ella vivía con su novio, un chico dos años menor y que nunca sospechó la infidelidad. Francisco, por su parte, tenía no más de treinta años, tres más que Cony y estaba casado con una chica que había sido su novia desde el colegio, tenían dos hijos y vivían los cuatro metidos en una pequeña casa de madera en la ladera de una montaña, en una calle más arriba de la ruta principal del pequeño poblado. La ambulancia llegó varias horas después al lugar de los hechos, un desprevenido borracho que regresaba a casa vio los cuerpos y llamó a emergencias.
Francisco estaba muerto, su cuerpo ya estaba frío cuando el paramédico intentó auxiliarlo. Tenía la cabeza metida entre sus hombros, el impacto fue tan violento que el cuello se le hizo añicos hasta quedar las cervicales aplastadas unas encima de las otras. En cambio, Constanza estaba viva, inconsciente, pero viva. El funeral del policía fue al día siguiente, su esposa no entendía nada, aunque a decir verdad nadie tampoco. La teoría era que él con su motocicleta la había atropellado a ella, ya que el único casco encontrado era el de Francisco y ella, aparte de un golpe en su cabeza tenía una pierna y su cadera rota. Los amantes, hasta ese momento, estaban a salvo.
A los nueve días ella despertó y no recordaba nada, ni su nombre, ni dónde estaba, ni qué había sucedido, es más, cuando le alcanzaron un espejo no se reconoció. Su novio se sorprendió al verla de esa manera, llevaban años discutiendo por cualquier cosa y ya no se soportaban, pero a pesar de todo el hombre aún sentía algo por ella y pensaba que aquel accidente podía ser una especie de reinicio entre los dos. Y pudo serlo, ella con la memoria destruida podía empezar de cero lo que fuera, el asunto era que desconocía todo y conforme se fue recuperando de las fracturas se distanció de aquel hombre que decía ser su pareja hasta el punto de no permitirle el ingreso al hospital para visitarla.
Los huesos sanaron, pero la mente de ella estaba arruinada y solo tenía nuevos recuerdos, como el aprender a volver a caminar, el reconocer su cuerpo, el aceptar que existía porque no comprendía cómo había llegado hasta ese punto. Los médicos dijeron que su amnesia era grave, uno de los peores casos atendidos en la historia reciente. Pasó un año en un hogar de paso, de beneficencia, en donde tomaba clases para aprender a leer y escribir y en donde una terapeuta la preparaba con toda la atención para que volviera a vivir en sociedad. Durante todo ese tiempo solo decía que recordaba bien que estaba rodando por el pavimento hasta que su cuerpo se hizo añicos contra lo que a ella le parecía era un automóvil viejo estacionado en una esquina.
La familia de Francisco acusaba a la mujer de imprudente, que se había cruzado en el camino de la motocicleta y que por eso aquel hombre estaba muerto. Incluso, la madre del policía pedía que la condenaran. El novio de Cony hacía lo propio e instauró una denuncia para que algo de lo poco que dejó el muerto pasara a manos de Constanza como un medio de reparación y que le ayudara a reinsertarse en la vida cotidiana. Abogados de parte y parte se vieron las caras un día, los reclamos eran tan irrisorios que el juez en muy pocas sesiones dirimió el litigio dejando los reclamos sin efecto. Era una especie de empate, la familia del muerto se retiró confundida, el novio cornudo que ya no era novio falló en la última opción que le quedaba para simpatizar con Constanza y decidió no insistir más y, ella, que había sido llamada a declarar, solo atinó a salir del juzgado caminando sin entender un carajo lo que estaba pasando.
A pesar de todo, las investigaciones siguieron porque el juez dejó sin efecto los reclamos, pero lo sucedido aquella noche tenía que esclarecerse. Una mañana Constanza fue llevada al lugar de los acontecimientos en compañía de dos policías, una muy atenta y otra muy agresiva, porque sostenía lo mismo que la familia del muerto, que Cony se atravesó. En realidad, aquella mujer era otra de las amantes de Francisco que acostumbraba a enamorar aquí y allá valiéndose de su rostro de barba despoblada, facciones cuadradas y ojos claros. Constanza en la escena del accidente reconoció de inmediato la esquina y dijo que ahí se había caído, nunca dijo atropellado. Su expresión fue “caído”. En el reporte policial quedó aquella expresión y, sobre todo, que no recordaba nada más que había rodado y rodado hasta sentir muchos dolores en su cabeza y piernas.
Días después el inspector encargado del caso fue hasta la nueva casa de Cony y la llenó de mil preguntas, una de ellas era que explicara eso de caerse. “¿Por qué dices que ahí te caíste? ¿Acaso no te atropellaron? ¿Te cruzaste de manera imprudente y te caíste y luego la moto te atropelló? Habla, mujer, habla” Decía el inspector y ella mirando confundida para todas partes. Al cabo de un tiempo el mismo juez habló con el inspector y le dijo que el caso iba a ser cerrado, el último parte médico mostraba lesiones severas y al parecer irreversibles en el lóbulo temporal. El hipocampo estaba muy dañado. El investigador pidió más tiempo, era necesario que se esclarecieran las circunstancias de la muerte de su compañero, pero el juez fue enfático, “sea como sea, no cabe duda de que fue un desafortunado accidente. Haya tenido quien haya tenido la culpa, jamás sabremos lo sucedido”. El caso fue cerrado.
Constanza con nuevos recuerdos volvió a la vida en sociedad, consiguió un nuevo empleo como cajera en un restaurante. Allí se enamoró de un cocinero de casi dos metros de altura y mucho menor que ella. Se fueron a vivir en un departamento bastante chico en el centro de la ciudad. Se les veía caminar de la mano, comiendo helado como dos adolescentes y se besaban con mucha frecuencia en lugares públicos. El exnovio de Cony también había restablecido su vida en los caminos del amor y la viuda con dos hijos era visitada de vez en vez por otro policía que se metía en aquella casa de madera cuando todos dormían en el barrio, especialmente los niños bastardos.
El pueblo fue olvidando poco a poco aquel accidente, los años pasaron, la viuda se volvió a casar, los niños del difunto crecieron, se fueron de casa y ya se les veía con pareja. Cony, por su parte, hace años se había ido de la ciudad y luego del país con el cocinero. Unos decían que se fueron huyendo de la inflación que azotaba la ciudad, otros que ella no soportaba los señalamientos casuales de la familia de Francisco como la culpable de todo y de quienes afirmaban que ella había recobrado la memoria y había decidido llevarse la verdad de aquella noche a su tumba. A decir verdad, Constanza Barrionuevo nunca la recuperó y murió siendo una vieja, al lado de su cocinero, de dos hijos y de cuatro nietos. Su deceso fue apacible.
El tiempo lo borró todo en el pueblo, las nuevas generaciones llamaban a esa esquina “policía acostado”. Los borrachos cuando pasaban por ahí lanzaban algo de licor al piso por la memoria de Francisco, incluso había unos que de tanto repetir decían que si uno pasaba varias veces por ahí terminaba por olvidarlo todo, sobre todo las malas cosas. Los mitos urbanos crecieron hasta que un día Francisco y Constanza fueron gradualmente olvidados, pasaron muchos inviernos, muchos veranos, nacieron nuevos hijos y esos hijos trajeron más hijos, nietos y bisnietos y el pueblo se volvió una gran urbe que vivía en constante cambio. Se levantaban puentes, edificios y se rompían calles para volverlas autopistas.
Ciento cuarenta años después una máquina amarilla hizo añicos aquella esquina para dar paso a más espacio para autos, voló una tubería llena de tierra muy seca, cayeron desperdicios, basura en general y hasta una mochila muy grande y del otro lado cayó un bloque que parecía una piedra, pero que al pisotearlo se resquebrajó, dejando al descubierto lo que parecía ser un arma corta. Era una pistola o lo que quedaba de ella, una SIG sauer de 9 milímetros.
La Policía Científica hizo presencia para determinar con exactitud aquella reliquia de arma. En los laboratorios pudieron limpiarla con precisión y gracias a los números del seriado lograron saber que era una pistola perdida hace más de un siglo y que le perteneció a un policía de nombre Francisco que había muerto en ese punto en un accidente de tránsito nunca aclarado. Otro grupo de investigadores al limpiar el contenido de la mochila descubrieron joyas de altísimo valor a juzgar por los análisis que evidenciaron sus kilates. Un anillo de oro estaba marcado con un nombre que al revisar los registros encontraron que ciento cuarenta años atrás había puesto una denuncia de robo de muchas joyas. Fue el mismo día que un policía se rompió el cuello y que una mujer perdió la memoria para siempre.
Las joyas y el arma de fuego fueron preservadas como reliquias en el museo de la ciudad y desde entonces el pueblo volvió con las conjeturas. El policía ladrón. La mujer ladrona casi atrapada por un policía bueno que murió cumpliendo con su deber o una pareja de ladrones desafortunados que una noche pisaron hielo y se fueron contra el mundo. Nadie nunca lo supo, hubo charlas acaloradas en las juntadas, en las reuniones familiares y de amigos y desde ese día, hasta hoy, aquella esquina sigue dando de qué hablar y quizás lo haga por los siglos de los siglos.

