La rebelión de Soto Aparicio y el legado de la insistencia

La rebelión de Soto Aparicio y el legado de la insistencia

#Perfil

23/07/2026

Por: William Pascagaza Jiménez

Pensé en ir a visitarles a Santa Rosa de Viterbo o Socha, pero la intuición de que la mayoría tuvo la suerte de Clara Vicenta1, y del propio Soto Aparicio en 1960, me hizo notar que en la ciudad estaría lo que buscaba. El dos de mayo fue sábado y aproveché para visitarles otra vez, en esa casa de papel y lenguaje que habitó su creador durante más de 80 años y que les vio vivir toda clase de luchas, amarguras y desconsuelos.

La puerta de sustantivos y memorias me la abrió Florentino Sierra, con quien solo pudimos cruzar un saludo pues era todo apuro y afán, como siempre con él a la espalda la pequeña escalera; en la mano izquierda el tarro con engrudo, del que emergía el palo sucio y pegajoso de la brocha; y bajo el brazo derecho el rollo con los avisos. Según me alcanzó a gritar, tenía muchos carteles que pegar esta mañana. Al caminar por la vereda que lleva de la verja al umbral, noté tres pinturas adornando la pared de la entrada: en la primera me deslumbró, por los tonos sombríos —pero increíblemente llenos de vida— la figura imposible de eludir de Soledad Sombra; en la segunda, sentada ante un diario en pose de resignación y añoranza, topé a Celina Franco; en la tercera, imponente y furiosa, me detuve en Jazmín Taborda. Todas las obras mostraban la firma de Marino Altamar.

Tanta concentración puse en los cuadros que no sentí la presencia de Pastora Santos, quien mirándome con asco espetó un seco a quién busca, apuntando que a Alberto Franco no iba a topármelo en muchos días por acá, pues echó la vuelta al campo. Sin embargo, era a otra persona a quien yo quería cruzarme. Antes de volverse, me explicó con sequedad: en la cocina la halla; y­­ salió de escena. Son esquivos los personajes cuando se trata de buscarlos en el zaguán de los recuerdos. Y entonces me adentré de lleno en la casa, con miedo, a paso difícil: prefería no escuchar otra vez a ciertos de ellos, tanto me dolió conocerles en otro tiempo; no deseaba una conversación ahora, por ejemplo, con Ángeles Ocampo, ni con Perpetuo Cadena, ni con Patricia —la violentada hijastra de Satanael— y mucho menos con la propia Clara Vicenta. Solamente venía a tener una conversación y era con Mariena Cristancho, quien me recibió con un tinto de panela y me hizo sentar en una banquita de madera que probablemente sobrevivió al incendio provocado por la policía en Playablanca, tal como está relatado en Después empezará la madrugada; así de añeja me pareció.

—¿Qué me lo trae por aquí, su persona? —me inquirió con esa voz inocente y dolida que le conozco bien.
—No pude evitar ver las pinturas de Altamar a la entrada, Mariena… —susurré distraído, mientras intentaba dilucidar en su rostro qué tan duros han sido los años con ella.
—Son muy bonitas y creo que las pintó como homenaje a don Fernando; siempre le han interesado mucho los personajes femeninos…
—Justo sobre ese tipo de cosas quisiera preguntarte un poco. Nadie como los seres que llenan sus historias para hablar de quien les trajo al mundo, ¿no?
—A mí me trajo mi papito Rudecindo antes de llegar a Timbalí —señaló con media sonrisa—, pero entiendo lo que quiere decir.

Mencionó muchas cosas Mariena esa tarde: que Sotico era un hombre insistente y que no negociaba sus ideas sobre la literatura y la justicia; que Timbalí es un símbolo de algo más grande, llámese Colombia o América Latina; que todos los personajes de esa casa tenían mucha tristeza por esta década que han vivido sin Soto Aparicio, aunque con la tranquilidad de saber que están inmortalizados en un montón de novelas, cuentos y poemas que andan a la espera en ediciones de distinta jaez por las librerías de viejo que aún existen por ahí.

—Yo te conocí en un libro de biblioteca pública —apunté—. Te busco de nuevo porque la historia de tu pueblo, tu familia y la lucha de tu papá marcaron mi nacimiento como lector al mundo y ya vamos diez años sin que ande escribiendo historias de aquellas. No estoy del todo seguro, pero creo que fue en una novelita editada por Panamericana en donde supe de tu existencia, Mariena, en unos años de adolescencias y definiciones éticas para los que la historia de Rudecindo fue vital para labrar mis propias preocupaciones en los terrenos de lo social y lo literario.
—¿Y eso es muy importante para sumercé? —me inquirió, interesada.
—Por supuesto: con La rebelión de las ratas no solo nací como lector, sino como uno que fue orientado a comprometerse con una causa particular (la de los oprimidos representados en tu papá) y a mirar la realidad con un cierto sistema de valores. Hoy por hoy ya no me siento tan convencido de que eso sea todo lo que me gusta encontrar en la literatura, Mariena, pero sin duda muchas preguntas que me hice sobre la indignidad, la injusticia, el terror político y la marginación nacieron con esa lectura.
—Es que don Fernando fue muy obstinado en crear personajes que enfrentaran ese tipo de cosas —apuntó, haciendo ademán afirmativo, Mariena Cristancho.
—Así es. De hecho, estos días he pensado mucho en que, más allá de la relevancia que pueda tener o no como autor para la historia de la literatura de nuestro país, su verdadera rebelión ha sido la de la insistencia: más de 50 años de carrera porfiando en relatar la experiencia de los pueblos oprimidos de este continente, o sea, de machacar sobre los mismos temas, no habla de otra cosa sino de un deseo de resistencia permanente.
—O sea, ¿usted cree que esa era la razón de su escritura?
—No lo dudo, Mariena, y por eso me parece relevante recordarlo: si alguien debe dedicar su vida a relatar la violencia es porque en el lugar en el que vive hay mucha, es constante y duele demasiado. Su búsqueda, posiblemente, se orientó a invitar a todas las personas que experimentamos estas desigualdades a que nos atrevamos a hacer algo, como lo hizo Rudecindo.

La hija mayor de los Cristancho renovó los pocillos con tinto y volvió con una duda que no me esperaba:

—¿Y no son todos los escritores así?
—No, aunque en Latinoamérica la mayoría ha inventado formas diversas de narrar la historia de nuestro desamparo y la lucha por alcanzar la dignidad. La suya es solo una manera. Nada más mira lo que él escribió2 sobre su propio oficio en un artículo que me topé por ahí —le dije, mientras abría una libreta con una cita suya:

El escritor es, sin lugar a dudas, un promotor de valores. No es el que los define desde el punto de vista estrictamente filosófico o jurídico, sino el que los aplica y los explica a través de la vida de sus personajes. No es el que los reglamenta o los coloca en códigos y leyes, sino el que los muestra en las vivencias y en la cotidianidad de los seres que llenan sus historias. Como vocero de una sociedad muda, el escritor es también el forjador de las nuevas generaciones, y el que les explica cómo la libertad es la verdadera patria del hombre…

—O sea, según entiendo, don Fernando consideraba que las historias en donde nos narró a todos nosotros y nosotras son formas de comunicar unos valores de justicia, cambio y paz necesarios para vivir como sociedad, ¿sí?
—Algo así, Mariena.
—¿Y sumercé qué piensa de todo eso? Porque no sé qué es lo que yo puedo representar como una de sus invenciones —me preguntó casi sin dejarme terminar, con sospecha.
—Le entiendo, fue su bandera, aunque no estoy del todo de acuerdo. Ya no me siento afín a la idea, por ejemplo, de que quien escribe puede considerarse a sí mismo como “vocero” de toda una sociedad, porque además no creo que sea precisamente “muda”, como él dice. De hecho, la historia latinoamericana está llena de seres de carne y hueso, hombres y mujeres valientes, que se han organizado para hacer valer sus derechos, tal como tu papá y los demás mineros de Timbalí.
—Eso quiere decir que eso que él dice sobre sí mismo es un poco contradictorio…
—En efecto. Y lo otro son todas las mujeres que habitan esta casa. Al volver, he dudado mucho sobre algunas formas que tuvo Sotico para narrarlas, a veces destacando tan exageradamente sus atributos físicos por encima de sus cualidades morales y existenciales, teniendo en cuenta que muchas eran adolescentes —mencioné, intentando hacerme entender lo mejor que pude.
—¿Incluyéndome? —me interrogó bajando la mirada.
—Sí, incluida tú. Siento, además, que es un tema que se ha estudiado muy poco y al cual será importante que en algún momento se le dé una mirada crítica, a fondo. Sin embargo, yo vine a hablar contigo para afirmar unos motivos para el homenaje y los encontré.
—¿En dónde? —expresó con sorpresa.
—En esta conversación, Mariena. Pienso que más allá de las valoraciones literarias que uno pueda hacer sobre la escritura de Fernando, los interrogantes incómodos y necesarios que se le deben hacer a sus libros, su idea tan encumbrada sobre el oficio de escritor, es muy valioso que tantos personajes que habitan esta casa sean tan representativos de la cultura social y política que aguarda en los contextos populares de este continente, que nos digan tanto sobre nuestra condición de seres alienados por el poder y la transformación tan necesaria de este mundo.
—O sea que sirvió la insistidera…
—Sí, pienso que su rebelión fue nunca cansarse de insistir, pese a que la realidad le mostraba que siempre se ponían peores las cosas. Curiosamente, duras como son, sus novelas también están sostenidas por la esperanza.

Agradecí los tintos con panela a Mariena, le dejé saludos a su mamá y su hermano, recorrí los mismos espacios de regreso de aquella casa y salí convencido de que, a una década de su muerte, Fernando Soto Aparicio no solo mantiene su relevancia intacta en mi autobiografía lectora (y hasta política), sino que su obra es un territorio de ineludible visita para entender la literatura del compromiso y la beligerancia escrita en Suramérica, insuficientemente estudiada y a la que vale la pena volver como documento, como horizonte y hasta como bandera.

Notas
1 Todos los nombres propios traídos a colación en este texto son los que Fernando Soto Aparicio dio a los personajes de algunas obras que leí hace unos buenos años atrás. Para quienes no les refieren, aparecen así: Clara Vicenta en Después empezará la madrugada (1959); Florentino Sierra en La siembra de Camilo (1971); Soledad Sombra y Marino Altamar en Hermano hombre (1982); Celina Franco en Mientras llueve (1966); Jazmín Taborda en Jazmín desnuda (1987); Pastora Santos en Puerto silencio (1974); Alberto Franco en El espejo sombrío (1967); Ángeles Ocampo en La noche del girasol (2004); Perpetuo Cadena en La última guerra (2000); Patricia y Satanael en Viaje a la claridad (1972); y, finalmente, Mariena y Rudecindo Cristancho en La rebelión de las ratas (1962).
2 El artículo referido es La libertad de la patria del hombre (el escritor como promotor de valores) publicado en Cuadernos de Lingüística Hispánica de la UPTC.

William Pascagaza Jiménez

William Pascagaza Jiménez

Profe y estudiante de literatura. Director del club de lectura Cháchara, tintero y futbolero. Como en todo lo otro, necio de una pequeña y autogestiva editorial llamada Hijos de los días.

Compartir