La salsa siempre le quedaba picante

#Cuento
08/09/2025
Por: José Vargas
Rodrigo era el último hijo de una familia funcional que al interior estaba rota, deshecha, de esas llenas de imposturas, con una máscara que le decía al mundo que eran felices, pero adentro no eran nada. El niño fue a la escuela del pueblo, la única que había y recibió lecciones del único profesor, se sentó en los únicos pupitres, escribió lo mismo que todos los niños escribían, aprendió las matemáticas por repetición y no por convicción. Corrió y jugó lo mismo de siempre generación tras generación. Al niño lo vestían cada día igual, con unos chupines cortos que le llegaban un poco más abajo de la rodilla, una camisa blanca y un corbatín negro.
Rodrigo era torpe, torpísimo. Sus amigos lo dejaban solo con la pelota y con la portería descubierta y él lanzaba el balón por los aires. De regreso a casa tras la escuela se caía por ir mirando a todas partes. La niña más linda de la escuela un día le quiso robar un beso infantil y él la denunció con su maestro. Tenía que ir y volver varias veces a hacer mandados porque cuando iba se le olvidaba la mitad de las compras y cuando regresaba se daba cuenta de que había dejado en el mostrador los artículos. Su padre le decía que era tonto y su madre lo sobreprotegía.
Era hijo de un migrante italiano que aprendió a cocinar por necesidad. Cuando se bajó del barco huyendo de la guerra le ofrecieron trabajar en un restaurante de asistente de cocina y se quedó ahí para siempre esperando la oportunidad de hacerse chef, de ser el titular de la cocina y nunca lo logró, tuvo su única oportunidad y falló. Durante una semana buscaron el reemplazo del cocinero principal que se había ido de la ciudad en busca de mejor suerte, por lo que el dueño buscó y buscó, hasta que se le ocurrió pensar en Piero, el asistente eterno de cocina y padre de Rodrigo.
Aquella mañana Piero salió muy temprano de su casa, tenía una prueba que consideraba fácil y con la cual se podía quedar con el puesto de chef. Desayunó poco para evitar un mal momento por culpa de los nervios y como era sábado se llevó a su hijo para que lo viera en su consagración. Los fideos con salsa boloñesa estaban por salir a la mesa principal para la evaluación y el pequeño Rodrigo miraba con atención lo que Piero hacía con una velocidad sorprendente. El niño, con las manos ocupadas con unos frascos que contenían cualquier cosa, estaba cerca de la olla con la salsa ya lista y sentía satisfacción por estar allí presente y pensaba que cuando fuera un adulto sería cocinero como su padre y quizás así ya no sería un tonto para él.
En un último momento y mientras Piero emplataba, el torpe Rodrigo dejó caer el contenido de uno de los frascos con los que jugaba, era una especie de picante muy fuerte que se disolvió rápidamente en la salsa. Afuera, los comensales empezaron a probar y pronto vinieron los gritos, una especie de escándalo había explotado porque la comida era incomible, la salsa tenía un picante que hizo llorar a los comensales; el asustado Rodrigo mirando el espectáculo y Piero corriendo de un lado al otro para salvar la situación. Nadie nunca se enteró de lo sucedido, pero Piero jamás fue el chef, sus jefes no lo despidieron, pero lo dejaron sentenciado a ser ayudante de cocina de por vida.
Piero murió un día cualquiera, no muy viejo, y Rodrigo se hizo cocinero, logró lo que su padre jamás pudo. Se había propuesto ser el mejor y sacrificó todo y tanto que su felicidad la dejó a un lado. Era un huraño incansable, malhumorado, nunca le gustaron las banalidades, ni las amistades, ni los encuentros para hablar de estupideces de hombres y mucho menos creyó en el amor. Se hizo un chef muy famoso, profundamente asocial, terco, fastidioso y hasta odiado, pero fue el mejor alrededor del mundo y en silencio maldecía porque nunca su padre vio sus éxitos no para que se sintiera orgulloso, sino para que dejará de pensar que era un tonto.
El chef Rodrigo era admirado en todo el mundo, lo recorrió y a pesar de que tenía ofertas hasta de casas reales para trabajar, se decidió a fundar su propio restaurante, porque su ego casi mesiánico le exigía no solo ser el chef, sino también quería ser el dueño. Gritaba a sus empleados, les exigía por encima de los límites, más allá de los horarios legales establecidos y siempre fueron unos simples números. Fue el mejor chef de la historia, pero fue el peor ser humano de esa misma historia. Su cocina vivía en un régimen de terror permanente y nunca pudo fingir cuando quiso mostrarse empático. El chef construyó sobre su cuerpo una impostura de hombre fuerte, pero en realidad era débil, era un armazón de hierro, pero sin alma.
Rodrigo en la cocina no tenía rival, fue retado en muchas ocasiones en competencias, todas y cada una las ganó, lo hizo con preparaciones especiales, con ideas revolucionarias hechas sabor; tenía la habilidad sobrehumana de solucionar una gran cena con pocas cosas, era recursivo y con una imaginación imposible. En gran parte su éxito se debía a que conocía con amplitud miles y miles de preparaciones, las técnicas y las ejecutaba con maestría, pero al mismo tiempo sabía muy bien cuál era su punto débil y jamás lo expuso.
En soledad, en su cocina, cuando todo el mundo se iba, él practicaba de manera incansable y empezó a descubrir que las salsas para el espagueti a la boloñesa siempre le quedaban profundamente picantes. Nunca entendió el porqué, incluso hubo días que solo usaba tomate, sin ningún otro ingrediente y el resultado era el mismo, una salsa imposible de comer. Lo único que le faltaba era quitar el tomate, pero eso era lo mismo a no hacer una salsa, entonces comprendió que estaba maldecido desde siempre por aquella pilatuna en la prueba de su padre. Jamás sirvió una boloñesa en la mesa y sus cocineros siempre terminaban haciendo esas preparaciones.
Quiso ser un hombre bueno, en medio de sus alucinaciones de ser todopoderoso comprendía que aquello no era una cuestión de los ingredientes, sabía que era él, que eran sus manos que desprendían una especie de efluvio invisible que convertía a esa salsa en una maldición de sabor extremo, ácido, picante, incomible. Cuando uno de sus cocineros empezaba a sospechar que su jefe no hacía salsas lo despedía sin mediar palabra. De las reflexiones para ser una buena persona pasó en poco tiempo a un hombre irascible e intransigente en todo, en absolutamente todo.
Una vez se casó y tuvo dos hijos. Se separó y a sus hijos no les gustaba pasar ni un minuto con su padre, Rodrigo estaba solo, estaba abandonado en sí mismo, era una marioneta de sus alucinaciones, de sus deseos y hasta de sus propios miedos. Con el pasar de los años se volvió rutina cada noche preparar salsas para la boloñesa, lo hacía en su casa, quería, a como diera lugar lograr el sabor preciso que buscó y buscó. Mientras cocinaba no probaba la salsa, terminaba, emplataba y se iba al comedor. Alistaba la mesa de manera solemne y en soledad se sentaba a comer. “La puta que me parió” gritaba al probar la salsa y darse cuenta de que estaba picante. Así pasó años, día tras día y siempre la salsa le quedaba picante.
Un día se murió de un infarto fulminante, estaba sentado en la mesa del comedor con un plato de boloñesa nunca probado, su cabeza para un lado y los brazos colgando, así lo vio el comisario encargado de practicar los asuntos legales con el cuerpo. Cuando se lo llevaron directo a la morgue el policía se quedó mirando al plato, estaba frío, helado, habían pasado varias horas, pero se veía perfectamente ejecutado. El hombre tomó un tenedor y se llevó un buen pedazo de espaguetis con salsa a la boloñesa, masticó un par de veces y tragó. Se fue caminando lentamente mientras sonreía lamiéndose los labios.

