Lo que callas, también suena

Lo que callas, también suena

#Editorial

21/06/2026

Por: El Protestódromo

«Lo que dices, así suena, lo que callas, también suena, de cualquier forma, político.»
Wisława Szymborska.

En política no existe el silencio inocente. Hay momentos en que guardar silencio es tomar partido, en que escudarse en la mal llamada «objetividad periodística» no es una virtud profesional sino una postura política –y una cobarde–. Este es uno de esos momentos.

Lo hemos documentado en nuestro territorio: cómo la pauta oficial funciona como dispositivo para comprar el silencio de los medios, cómo el ordenamiento del territorio no ordena sino especula, cómo las maquinarias colonizan hasta la curul diseñada para las víctimas, cómo la Policía reprime a quienes pintan un muro en nombre de las madres buscadoras, cómo los niños y las niñas reclutadas por los grupos armados terminan siendo estadísticas que nadie quiere ver, cómo el prohibicionismo se convierte en tribuna para los discursos de odio en los concejos municipales, cómo a la violencia la disfrazan de seguridad y la militarización reemplaza la política. Todo eso pasa acá, con nombres propios y contratos firmados. Y todo eso es el laboratorio de lo que un proyecto de ultraderecha quiere replicar para el país entero.

El pasado 1 de mayo publicamos un poema de Vinicius de Moraes sobre un obrero de construcción que erige casas, cuarteles, iglesias y prisiones sin saber que está levantando las paredes de su propia esclavitud. Hasta que un día mira sus manos y entiende. El trabajador que siempre había dicho sí empezó a decir no. Los grandes medios de comunicación en Colombia no tienen ese problema: ellos saben perfectamente para quién construyen. Han levantado durante décadas la arquitectura de la «objetividad» al servicio de las élites económicas del país, y la han llamado “independencia”. El obrero de Vinicius despertó. Los grandes medios colombianos le responden a los conglomerados que los financian.

La objetividad periodística no existe. Es una mentira funcional al poder, una coartada para no decir lo que se ve, para no nombrar lo que se documenta, para seguir recibiendo la pauta sin incomodar a quien la firma. No es un ideal traicionado: nunca fue un ideal. Fue siempre una forma de silenciar con “buena conciencia”. Y en este país, enmudecer con “buena conciencia” tiene un costo que pagan otros y otras: los que protestan, los que investigan, los que existen por fuera de la hegemonía que ciertos proyectos políticos quieren imponerle a Colombia.

Ya no estamos ante una disputa sobre modelos económicos ni sobre programas de infraestructura. La pregunta de fondo es si el país va a preservar las condiciones mínimas para que existan medios como este, organizaciones sociales, protesta en las calles, oposición política y memoria de las víctimas. O si vamos a entregar todo a un proyecto que ha construido su identidad alrededor del desprecio por todo eso.

Este país conoce muy bien las consecuencias de normalizar el lenguaje que convierte al adversario político en una plaga que debe ser erradicada. Las más 5.733 víctimas de la Unión Patriótica no son un dato histórico: son la advertencia más concreta que tenemos sobre lo que ocurre cuando la eliminación del contradictor reemplaza a la confrontación democrática de las ideas. Cuando eso pasa, el ejercicio periodístico mismo se convierte en instrumento de estigmatización, revictimización y muerte.

El programa de Iván Cepeda –que leímos completo, al contrario de muchos medios que solo lo tergiversan– parte de un diagnóstico que compartimos: Colombia atraviesa una profunda postración ética y moral resultado de décadas de violencia sistemática, desigualdad y un desprecio persistente por la dignidad de los y las más vulnerables; que el modelo económico imperante ha tolerado los peores crímenes, ha premiado al corrupto exitoso y ha convertido los derechos fundamentales en mercancías.

Su apuesta articula tres revoluciones –ética, social y política– que tienen como eje transversal algo que en este medio llevamos años defendiendo: que no hay paz posible sin justicia y no hay justicia posible sin verdad. Propone implementar de verdad el Acuerdo de Paz del 2016 –ese que el gobierno de Duque dedicó cuatro años a desmantelar–, proteger la vida de los y las firmantes, garantizar los derechos de las víctimas y construir una seguridad humana integral que no criminalice la pobreza ni reproduzca el modelo Bukele, ese experimento de encierro masivo documentado como una fábrica de detenciones arbitrarias contra jóvenes y pobres. No son propuestas que vayan a convertir esto en un paraíso. Son propuestas que nos van a mantener en el borde de la posibilidad.

Del otro lado está un hombre que creció en los mismos círculos sociales que Salvatore Mancuso, que luego se convirtió en su abogado; que representó también a Macaco, al Tuso Sierra y a David Murcia Guzmán; cuya fundación recibió financiación de las AUC según lo confirmó la JEP en 2024; que demandó a Daniel Coronell y retiró la demanda el día que le pidieron los contratos con Alex Saab; que acumula 109 denuncias por injuria y calumnia contra periodistas; que tiene una red digital coordinada de más de treinta y cinco mil trinos para hostigar a quienes lo cuestionan; que pretende eliminar la JEP y la Unidad de Víctimas; que calificó a Colombia como un país de cafres y que ha prometido, con todas las letras, «destripar a la izquierda».

Pero si hay algo que distingue a este candidato de otros exponentes de la derecha es que no disimula. En una conversación con Miguel Polo Polo –el congresista condenado por la Corte Constitucional por revictimizar a las madres de falsos positivos–, De la Espriella fue explícito: dijo que si hubiera sido paramilitar habría «empuñado un fusil» porque tiene «las pelotas para hacer lo que hay que hacer», que no habría sido «un paraco de medias tintas». Lo dijo riéndose. Lo dijo con orgullo. No es un lapsus ni una provocación de campaña: es una declaración de principios. Un hombre que fantasea públicamente con haber sido combatiente de las AUC y que al mismo tiempo promete «quitarle el discurso a esta plaga sarnosa de los zurdos» no está proponiendo un modelo de gobierno; está anunciando uno.

Preguntamos con genuina curiosidad: ¿cuál es el «otro lado» que los grandes medios consideran necesario balancear con todo eso? ¿Cuál es la perspectiva que falta para que el cuadro esté completo? Somos una piedra en el zapato y nos ufanamos de serlo. Las molestias causadas son parte del propósito, pero la neutralidad que hoy esgrimen los medios que se precian de «serios» no es una virtud profesional: es una posición política. Y es cobarde.

Heberto Padilla escribió sobre un hombre al que en tiempos difíciles le pidieron el tiempo, las manos, los ojos, las piernas, el pecho, el corazón y finalmente le rogaron que entregara la lengua, porque en tiempos difíciles nada es tan útil para atajar el odio o la mentira. Y al final le pidieron que echara a andar, porque esa es, sin duda, la prueba decisiva. Este domingo, eche a andar. Juéguesela por la vida. Lo que calla, también suena y su poder decisivo no termina en las urnas.

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Una piedra en el zapato

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