Odiar a los nuestros y admirar al colonizador

#Opinión
19/07/2026
Por: José Vargas
Vivo en Argentina y estoy presenciando una de las manifestaciones de fobia social más grandes de mi vida, lo que en su momento eran expresiones llevadas al humor, hoy en día es una campaña de discursos de odio penados en la mayoría de los países “civilizados”. Veo en las redes sociales, medios de comunicación y en un sinnúmero de cloacas informativas un sentimiento de rechazo que algunos sociólogos han calificado de “Argentinofobia” y desde luego no me agrada, me duele hasta tal punto que he decidido escribir estas líneas no ciego por las emociones, pero sí con la necesidad ingente de hacerlo para que alguien allá afuera lo lea y sepa que un extranjero que habita estas tierras lo rechaza.
Alfonso X, el mal llamado el sabio de Castilla, escribió en su obra legislativa las Siete Partidas que “el enemigo del rey es enemigo de Dios” y con eso la pútrida iglesia católica disciplinó a sangre y fuego a millones de personas en América Latina, aquel discurso finalmente logró romperse con Hidalgo, Bolívar y San Martín, aunque el daño estaba tan afincado que hoy la sumisión es ley. Hemos normalizado admirar al colonizador y desconfiar de las y los latinoamericanos y esto es clave para que no se construya una gran nación, como era el sueño de algunos de nuestros líderes de la independencia.
El sometimiento social que favorece a ese llamado primer mundo o a las potencias, se ve beneficiado con los bajos niveles educativos que fomentan una precaria crítica social, con el cristianismo evangélico de barrio que es un ejército aleccionador más temible que la televisión y con las redes sociales que edifican rápidamente enemigos, conspiraciones e ideas que se instalan con fuerza. Latinoamérica ahora es dominada con relativa facilidad instaurando un odio que divide, que separa y que proyecta admiración a quien nos oprime a diario.
El fútbol sí es un acto político y aquellos que manifiestan que no lo es son los beneficiados por la sumisión de ese sur global. Un partido de fútbol tiene banderas nacionales, himnos, uniformes y en los palcos hay jefes de Estado. Entonces sí, es un acto político. Que Francia haya sido campeón del mundo en el 2018 con casi once negros es un acto político. Que los herederos del desangrado Congo belga vayan a un mundial con un hombre que reivindica a un torturado y ejecutado Lumumba es un acto político y que Argentina reivindique sus Islas Malvinas ante la potencia colonial es un acto político.
La política existe cuando rompe los esquemas, cuando incomoda, cuando el oprimido escala y se hace notar, se muestra ante el mundo no como el que aspira, sino como un igual y eso es profundamente disruptivo de ese orden establecido por el poder. Una bandera que reclama unas islas no está bien concebida porque está fuera de control del sistema, en cambio, si se habla de no al racismo está bien porque eso lo puede controlar el poder e incluso está patrocinado por el mercado. La diferencia de un reclamo al otro radica en la legalidad que el poderoso ve para su conveniencia.
Una gran marca mundial de ropa deportiva y muy presente en este mundial tiene una campaña global contra el racismo y eso genera aplausos, la bandera argentina por sus Islas Malvinas al final de un partido de fútbol ofendió. Los medios británicos publicaron artículos escandalizados; el primer ministro de la potencia colonial pidió que la FIFA investigue, es decir, ese acto político argentino tocó fibras altamente sensibles. Lo que hace la marca de ropa y lo que hicieron los futbolistas argentinos son actos políticos, uno está legalizado y mercantilizado, el otro no, he allí la diferencia.
En este mundial de fútbol y a lo largo de Latinoamérica las voces de rechazo hacia Argentina se han multiplicado, es como una campaña de odio bien instalada en redes sociales, medios de comunicación y hasta en las calles de los barrios desde México hasta Santiago de Chile. Las palabras “robo” y “regalo” están muy presentes en ese discurso, además de otras como “engreídos”, “arrogantes”, “soberbios” y “prepotentes” para referirse al pueblo argentino.
Estoy hablando de una competición deportiva y esas expresiones no son parte del folclore criollo, son parte de todo lo abordado anteriormente y abandera una campaña de discursos de odio. Al hermano y hermana latinoamericano promedio le puede molestar lo que le sucede a Argentina porque rompe ese modelo tradicional de unos arriba y otros abajo porque ahora uno de los de abajo asciende, le ve la cara al poderoso, le hace gambetas y le reclama políticamente hechos legítimos. Es como los perros que ladran tras el Quijote y Sancho Panza.
Los mexicanos y mexicanas no han logrado entender que quien les arrebató territorio por la fuerza, es el mismo que hoy desde las narrativas hegemónicas, es quien ordena odiar al hermano argentino. Los colombianos y colombianas nunca han reivindicado a Panamá ante la primera potencia del mundo, ni sus derechos sociales que durante 200 años la oligarquía de derecha ha negado. El rechazo de los latinoamericanos a Argentina es el síntoma de que el sometimiento cultural, social y religioso del primer mundo ha funcionado, uno de los nuestros no puede aspirar a la grandeza porque el del lado lo considera una aberración.
Aquí nunca he recibido ni un atisbo de discurso xenofóbico por mi origen, jamás ha pasado y con seguridad creo que nunca sucederá. Aquí he tenido más ofrecimientos de un plato de comida caliente que toda mi vida en mi propia tierra. Me he sentado a hablar por horas convocado por el calor de unos mates y he entendido el valor de la juntanza. Un día me dijeron que no me sintiera más extranjero y yo con sonrojo asentí y me volvieron a repetir que era en serio, que era de aquí, así no hubiese nacido aquí, lo cual ha hecho mi migración más fácil.
Ojalá, la hermana y el hermano latinoamericano, comprendiera que aquello que llaman arrogancia, soberbia y prepotencia es en realidad un amor incansable a su tierra, a lo que los hace sociedad, es orgullo por lo que fueron y con seguridad serán en el futuro y es la certeza de quien entiende que su camino los conduce a la grandeza y los vituperios los engrandece, los anima. De allí la perseverancia, el no sentirse derrotados, de continuar, de no bajar los brazos porque si algo han aprendido en medio de las crisis que parecen cíclicas es a plantar cara y no sentirse inferiores. Aquellas piedras que reciben son las mismas que después devuelven con más fuerza.
Hoy esas expresiones de ofensa hacia este pueblo también me ofenden, aquel que las profiere también es mi hermano o hermana y no ha podido tener la templanza como pueblo de levantarse así sea en lo simbólico contra el opresor. Hace 200 años un padre de esta patria manifestó que el pueblo argentino era altamente consciente de su valor y que eso irritaba a los vecinos, entonces no es coincidencia lo que está pasando ahora porque obedece a estructuras verticales que ordenan odiar a los nuestros y admirar al colonizador.
*Las opiniones expresadas aquí son responsabilidad del autor y no necesariamente reflejan la posición del medio.

