Somos doscientos los que vivimos aquí

#Relato
07/05/2026
Por: José Vargas
Ayer a la noche, estaba perdiendo el tiempo en internet, iba de arriba para abajo viendo cosas ridículas y otras algo interesantes. Era sábado, había preparado una cena improvisada, tenía una lata de cerveza en la mesa de luz y sonaba la voz de Gustavo Cerati en mi casa, ni muy alto ni muy bajo y yo estaba ahí, tirado en la cama con mi teléfono en la mano viendo cosas sin importancia y riendo en ocasiones porque sí. Afuera podía ver la inestabilidad del clima del otoño en el sur del mundo, hacía frío, había viento, de momento veía por la ventana copos de nieve flotar y luego aparecía la lluvia.
Me divertí en demasía con un video de una chica porteña que puteaba en la televisión nacional, calificaba de puta a una amiga de su novio, con quien ella sospechaba que le estaba siendo infiel. Soy periodista y en Colombia esto no sucede, no hay móviles de los noticieros en la calle entrevistando a la gente cuando abre un nuevo comercio, o cuando es temporada de verano y un bañista dice cualquier cosa desde las playas de Mar del Plata o cuando hay un piquete y una persona descarga sus emociones en vivo y en directo. He escuchado a más gente putear desde las calles de Buenos Aires frente a un micrófono que a los políticos dar respuestas a esos problemas. Vivo en el país de los móviles de los noticieros y eso me resulta fascinante.
Seguí mirando en mi teléfono y me detuve en una infografía que contaba la cantidad de bolivianos que viven en la Argentina y me entró curiosidad por saber cuántos colombianos vivimos aquí. Busqué y salió un número grande, no mucho como el de los bolivianos, pero esa cifra es bastante y más si consideramos la cantidad que llegamos año tras año sin que nos importe la crisis económica que se vive. Empecé a investigar más hasta llegar a cifras oficiales del INDEC que desglosa la cifra total por cada provincia y abajo, al final, estaba Tierra del Fuego, en donde vivo hace más de tres años.
Somos doscientos los que vivimos aquí, en una isla fría que se ubica más cerca de la Antártida que de la capital del país, Buenos Aires. Decir que somos doscientos me resulta raro, siempre pensé que no éramos más que un puñado de colombianos desperdigados en las tres pequeñas ciudades de la isla y eso porque solo conozco cuatro, yo incluido. Ahora sé que podemos llenar un bar, organizar una comparsa y bailar mapalé en el desfile del 12 de octubre. También sé que es posible crear un barrio e irnos a vivir en él, crear una pequeña republiqueta y hasta declarar la independencia.
Me pregunto qué hacen todos esos colombianos y colombianas para vivir, para llevar el pan a sus casas, quisiera saber de dónde vienen, si a todos les piden decir cosas con acento paisa, si a todos les han hecho preguntas sobre el narcotráfico y si todo el mundo cree que ellos saben bailar salsa y bachata por el simple hecho de venir de un país de rumba y bazares populares. Somos doscientos y me sorprendí más cuando vi que de ese total somos casi noventa en la misma ciudad en la que vivo.
¿Por qué no conozco a nadie más? Esa pregunta me aterra, en la ciudad no somos más de 80 mil personas y uno la puede recorrer caminando de oeste a este en poco más de una hora o máximo dos y en este mismo espacio hay casi cien colombianos. Creo que es por morbo, creo que no existe una razón profunda para saber de ellos y ellas. Quisiera preguntarles si pueden sentir la distancia, esa rara sensación que convierte a los miles de kilómetros en algo físico y que me llena de pesadumbre. Quiero saber si sus madres han callado el deseo que su hijo o hija vuelva a casa o si algo los rompió tanto que decidieron terminar en Tierra del Fuego cagados de frío.
La primera persona de Colombia que conocí viene de Cali, es una chica muy joven. Tiene esa alegría y sabrosura de los vallunos, ella sí sabe bailar, cantar y es una conversadora magistral. La segunda es de Medellín, también es una mujer y es la administradora de una tienda de ropa en el centro de la ciudad, migró con varias personas de su familia, pero yo solo la conozco a ella. Es una morena altiva de mirada penetrante, una morocha, dicen los argentinos, y he visto a más de uno perderse en esa piel.
El tercero es un hombre. Supe de él cuando viví en mi primer departamento, estaba caminando, buscando una peluquería y decidí preguntar en un quiosco abierto y ahí estaba él. Viene de La Virginia, Risaralda, es el dueño del lugar y lleva muchos años en el país y en esta ciudad, tiene familia y ocasionalmente prepara comida colombiana. Ninguno de ellos con sus miradas, gestos o forma de ser, ha respondido mis preguntas fundamentales sobre la migración, siempre los he visto felices o con la impostura de estarlo. Quién sabe.
Por boca de ellos y de algunos argentinos he sabido que existe un colombiano aquí o allá, que uno es pintor, que otro es empleado de una farmacia, que hay uno que trabaja como cocinero en un hotel, que hay una que es esposa de un cordobés que también cocina y que hay uno que es chofer de una empresa de turismo, pero no sé nada de ellos y me pregunto el porqué, quiero saber más, quiero conocerlos, pero la vida me ha encerrado en ese número cuatro, yo incluido, de personas que venimos del Caribe.
En ocasiones pienso que he estado muy cerrado para esos doscientos, que soy muy solitario y disfruto mucho el tiempo solo para mí. Ellos y ellas deben estar creando su pequeña Colombia, muy bulliciosa, rumbera y sancochera, y yo encerrado y negándome, prohibiéndome sentir esas raíces que me dicen baila, grita, corre, cuchichea. Soy un mal colombiano. He acelerado mucho para estar aquí, para construir lo poco que tengo y no quiero que me lo arrebaten, mi ansiedad me pide control sobre todo mientras afuera el mundo sigue y esta ciudad se colombianiza.
Somos doscientos y podemos armar un zafarrancho cuando queramos, podemos crear un sindicato y organizar un piquete descontrolado en la San Martín exigiendo buenas frutas y verduras, bailando salsa y bachata, hablando duro, casi que gritando. Pondremos música fuerte que retumbe en la cordillera formando avalanchas de nieve, podemos hacer un sancocho callejero un domingo al mediodía y jugar parqués o dominó tomando refajo y al final del día, cuando venga la prensa con uno de sus móviles a preguntarnos el porqué de este bochinche, yo saldré de en medio de todos y frente al micrófono diré que somos doscientos, que solo conozco a cuatro y que no tengo la más mínima idea de cómo terminé en el fin del mundo.

