Una luz brillante en medio de un mar de estrellas

#Cuento
19/11/2025
Por: José Vargas
Mike, el astronauta, miró a la Tierra por una escotilla y suspiró. Llevaba casi ocho meses en el espacio y algo muy adentro de él le dijo en ese instante que era mucho tiempo, que su hijo menor lo necesitaba y que su esposa ya no podía más con las cargas de una casa y los cuidados de tres niños. Rafael desde el patio de su parcela miró al cielo y vio pasar una luz muy brillante que se movía lento por entre las estrellas. Rafael ignoraba que esa luz era una nave espacial que orbitaba la Tierra con un astronauta apesadumbrado, y el astronauta ignoraba que abajo un campesino empobrecido en las montañas de América Latina lo veía pasar sin saber que era esa cosa luminosa en medio de la noche.
Al astronauta le quedaban dos meses para completar su misión junto a dos compañeros más en la Estación Espacial Internacional, por lo que cada día la espera para volver a casa se hacía más esperanzadora. Aquel día en una videollamada habló con su esposa y vio a sus hijos, hubo sonrisas y una que otra lágrima ocasional. En medio de la conversación hablaron de un virus que había aparecido y que en la Tierra era noticia mundial. Su esposa le dijo que estaba preocupada y él le dijo que no era nada para alarmarse, que era una noticia más de las cientos que aparecen anunciando catástrofes y al cabo de un tiempo el asunto se olvidaría.
En las montañas en donde Rafael tenía sus cultivos y en medio de un programa de radio, escuchó que la gente se estaba muriendo de una enfermedad rara al otro lado del mundo y que se estaban cerrando ciudades enteras para frenar la propagación. Su compañero de faena, Ignacio, se echó la bendición y dijo que si esa cosa llegaba a su pueblo se iban a morir todos porque ni centro de salud tenían. Rafael lo miró de arriba abajo, como si lo estuviera escaneando, como si fuera una máquina y cuando sus ojos se encontraron con los del otro hombre le dijo a viva voz que dejara de pensar idioteces y siguiera trabajando.
A miles de kilómetros Mike veía una pelota azul suspendida en un negro infinito, miraba de vez en vez por una escotilla mientras hacía experimentos con sapos desafortunados sometidos al vacío del espacio. El silencio era sepulcral, quizás deba inventarse una nueva categoría de silencio, el espacial -uno solo experimentado por pocos hombres y mujeres- que tal parece es el más aterrador de todos. Así estaba la cápsula con el astronauta, como en pausa. Abajo, los gobiernos en secreto planificaban el cierre de ciudades y de países enteros, el virus estaba avanzando a un ritmo frenético.
Rafael escuchaba, cuando bajaba con su mula Conchita desde el cafetal y rumbo a su casa, que ese maldito virus ya estaba en su país y que había matado a una mujer de no más de 24 años. ‘Ignacio tenía razón’, pensó el campesino en voz alta. Arreó al animal, quería llegar pronto a casa para hablar con Agripina, su esposa, sobre la situación, porque ella había terminado la primaria y él se consideraba como la bestia que montaba, por lo que necesitaba entender lo que eso podía significar.
–Es como una gripe -dijo la mujer mirando a su esposo. –Entonces no es grave esa cosa -respondió el hombre –Parece que sí, mata a la gente en pocos días -Interrumpió la mujer. –Por aquí no pasa, eso es allá en las ciudades -Finalizó el hombre mientras se bajaba una taza de café con notas cercanas al cielo. El pandemonio empezó un día de finales de marzo en ese país y para la primera semana de abril todo estaba consumado, los muertos se contaban por miles y desde las montañas, cuando Rafael miraba en dirección de la ciudad podía sentir un olor a muerto, como a podrido. En la radio decían que los cuerpos estaban tirados en las calles porque las autoridades no daban abasto para recogerlos a tiempo.
La esposa le decía a Mike por video llamada que la situación era caótica en la Tierra, que la ciudad estaba militarizada, muertos en todas partes como si la peste negra hubiese regresado del medioevo y ella encerrada con sus hijos, con la comida escaseando y sin información relevante sobre el futuro próximo. Al día siguiente ella saldría de casa por provisiones y los niños se debían quedar solos, era una aventura en medio de una ciudad en llamas, con gente armada dispuesta a defender hasta una botella con agua y con las autoridades casi desbordadas. Mike desesperado pidió junto a sus compañeros hablar por medio de un canal seguro con el jefe de misión, querían volver a la Tierra de inmediato.
La respuesta llegó en dos direcciones. Por un lado, no podían regresar, eso solo sería autorizado en caso de emergencia a bordo o si una orden muy superior llegaba y ninguna de esas dos opciones eran factibles. Lo otro era un problema mayor, muchos de los técnicos en Tierra estaban enfermos y en sus casas, hospitales y lo que era peor, algunos ya habían muerto. El centro de control funcionaba casi al límite de su capacidad, por lo que hacerlos regresar era muy riesgoso considerando que se necesitaba de todas las capacidades para un reingreso y eso no se podía asegurar. Se les ordenó mantener la calma a toda costa, seguir trabajando y, como si fuera poco, hacer un inventario de las provisiones a bordo para calcular una extensión de la misión. Para los tres astronautas, aislados de todo, era una pesadilla esa orden.
La esposa de Rafael cayó enferma luego de visitar a sus padres agonizantes y que murieron encendidos en fiebre y con convulsiones espantosas. La campesina que había amado a su Rafael por casi 30 años se apagó un día de mayo y lo último que le dijo a su amado era que se cuidara mucho y que cuando pudiera se fuera a buscar a sus hijos. Rafael la sepultó frente a la casa, en medio de un jardín de fresias silvestres que ella atesoraba más que nada en la vida. El hombre la lloró por días y noches, arrodillado sobre un bulto de tierra hasta que, casi sin energías, una noche, se levantó y miró al cielo, vio esa misma luz pasar por entre las estrellas que ocasionalmente veía, se echó una bendición y por primera vez en su vida pensó que esa cosa debía ser la muerte que se estaba llevando las almas de todo el mundo.
Allá arriba estaba Mike con sus compañeros, escuchando informaciones desde el centro de comando. Habían ordenado el regreso de dos de ellos, ya que la nave no podía quedarse sola, era el proyecto más ambicioso de la humanidad y era impensable que quedara a la deriva en el espacio. Los tres hombres se reunieron e hicieron un sorteo para saber quién se quedaría, el ganador o, mejor dicho, el perdedor fue Mike. Él le comunicó esto a su esposa que se desgarró a llorar, la mujer al límite de sus fuerzas había escuchado un reporte de las Naciones Unidas que hablaba de más de cuatro mil millones de muertos. La humanidad se iba al carajo, y todo parecía indicar que era para siempre.
Una de las dos sondas de escape fue preparada en pocos minutos y los dos hombres salieron eyectados contra la atmósfera terrestre que los recibió y los envolvió en fuego. Amarizaron en el Océano Pacífico y un buque militar lleno de políticos bonachones, mentirosos y ladrones los recuperó. El gobierno de ese país estaba a bordo, pero el virus ya estaba entre ellos sin saberlo. Mike se quedó solo, flotando, llorando desconsolado, con los experimentos abandonados y sabiendo que tenía víveres para dos años más y que un cohete en dos días llevaría una cápsula con víveres para diez años.
Rafael con muy poca comida ya había recurrido a matar gallinas y cerdos, aún había energía eléctrica y su radio le decía que la cifra de muertos era posiblemente de más de 6 mil millones de hombres y mujeres. El mundo entero estaba siendo liberado de la esquizofrenia de la humanidad y lo que un día fueron calles para autos, en ese momento era lugar para animales de todo tipo y el césped empezaba a crecer por las uniones del concreto y los ríos y mares se veían extrañamente limpios. Un día la radio dejó de funcionar, solo se escuchaba el grito de los hertzios como una lluvia eléctrica interminable. Otro día la energía eléctrica no llegó más a la casa del campesino y hubo silencio como nunca antes en esa montaña. Rafael se fue a una vieja casucha mucho más arriba a esperar su momento para volver a ver a su amada. En las noches miraba al cielo, como implorando redención para que sucediera cualquier cosa, en su lugar veía esa cosa brillante pasar de un lado al otro con las estrellas de fondo.
A Mike le comunicaron que su agencia espacial había perdido contacto con su esposa e hijos, que lo último que sabían era que ella estaba muy enferma en un hospital de campaña y que sus hijos se encontraban aislados. Cuando le llegó ese mensaje su esposa ya había muerto y sus tres hijos agonizaban. El astronauta apagó la radio, los monitores, todo y se aisló en una sección de la nave espacial en la que veía la Tierra como si la pudiera tocar y aplastarla con sus manos. No sabía que la cifra de muertos ya no era posible calcularla y que cuando volviera a encender la radio no habría respuesta nunca más.
Unas semanas después en el último rincón de la Tierra con sobrevivientes llegó el virus y los mató a todos, no quedó nadie, fue rápido, fue cuestión de tres semanas. Así que en la Tierra solo estaba vivo el viejo Rafael y a cientos de kilómetros en el espacio el acongojado Mike que ya no aguantaba más ese silencio radial. Ambos hombres ignoraban que eran los últimos seres humanos de una especie llamada humanidad que había casi desaparecido abandonada por Dios y por el diablo y que el universo seguía su curso sin inmutarse. Los animales en la Tierra habían recuperado el trono de esa humanidad arrogante y materialista y todo era de una belleza suprema.
Un día de noviembre y tras varios meses de pensarlo, Mike se subió en la segunda cápsula de escape, hizo los ajustes pertinentes y salió expulsado a la Tierra. Ignoró las últimas órdenes que recibió, pero no le importó nada. Algunos segundos después la telemetría de la nave al no recibir confirmaciones desde Tierra falló y se desvió, alejándose del punto de caída en el Pacífico y dirigiéndose a toda velocidad hacia las montañas de algún poblado en América Latina. Rafael vio una bola de fuego caer hacía él y salió a correr desesperado, sin darse cuenta de que estaba en camino al punto donde sería el impacto que ocurrió a los pocos segundos.
Rafael se percató de que esa cosa había caído a tierra muy cerca de él y se fue a mirar qué era. Pensó que era la muerte que había venido por él o incluso que su esposa estaba regresando. De allí salió un hombre con un traje naranja y casco blanco presurizado quien levantó las manos al ver que el campesino tenía una escopeta. –No dispare -dijo el astronauta en inglés –No le entiendo una mierda -dijo Rafael. Pasaron los minutos hasta que los dos hombres se acercaron con desconfianza, eran, sin saberlo, los dos sobrevivientes de su especie. Rafael le dio la espalda al astronauta y se fue a su refugio y Mike lo siguió con recelo, mientras arriba, en el cielo nocturno, una luz brillante pasaba en medio de un mar de estrellas.

